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Carlos Calderón y Vasco

militar español

Carlos Calderón y Vasco (Granada, 13 de junio de 1845París, 9 de noviembre de 1891) fue un militar español que llegó a ser brigadier durante la tercera guerra carlista. Calderón fue uno de los jefes carlistas con quien más intimidad tuvo Carlos de Borbón y Austria-Este, que lo ascendió a general una vez acabada la guerra.[1]

Carlos Calderón y Vasco
Carlos Calderón y Vasco.jpg
Coronel
Brigadier
Años de servicio 18721876
Lealtad Carlos VII
Mandos Batallón 2º de Navarra, Batallón "Guías del Rey"
Participó en Tercera guerra carlista
Información
Nacimiento 13 de junio de 1845
Flag of Spain (1785–1873, 1875–1931).svg Granada, España
Fallecimiento 9 de noviembre de 1891
Flag of France.svg París, Francia

Índice

BiografíaEditar

Hijo del capitalista y senador por Granada, Carlos Manuel Calderón y Molina (1817-1864) y de Josefa Vasco, no tenía antecedentes carlistas. Se decía que su padre, que murió cuando él era joven, había hecho la mayor parte de su fortuna comprando bienes nacionales, cosa odiosa para los carlistas; lo cual no predisponía mucho a favor de éstos a su heredero. No obstante, Don Carlos había declarado que él no sería más papista que el papa, y que si la Santa Sede había echado un velo sobre la desamortización, no quería que se molestara a los que se habían aprovechado de ella.[1]

Revolución de 1868Editar

Antes del estallido de la revolución de septiembre de 1868, Carlos Calderón, teniente de caballería, era agregado militar en la Embajada de España en San Petersburgo junto al embajador, el Duque de Osuna.

 
Carlos Calderón y su Estado Mayor.

Una vez caída Isabel II, Carlos Calderón abandonó la carrera diplomática y el ejército y se fue a vivir a España, junto a su madre, a la que encontró metida de lleno en los centros más ardientemente carlistas, con los cuales se puso tanto más fácilmente en contacto cuanto que en ellos se encontraban sus amigos personales más íntimos: los Marqueses de la Romana, Francisco Cavero, etc. Por otra parte, sentía la nostalgia de la carrera militar y al persuadirse de que venía encima la guerra se resolvió a ofrecer su espada a Carlos de Borbón y Austria-Este, al que se presentó en París con este objeto,[1]​ siendo nombrado capitán por parte del pretendiente carlista.[2]

Tercera guerra carlistaEditar

Tanto él como su madre, a la que el pretendiente Don Carlos agració posteriormente con el título de Marquesa de la Caridad, en recompensa de los servicios que había prestado a la Cruz Roja carlista (que llevaba aquel nombre y que presidía en persona doña Margarita, teniendo como primera vicepresidenta a doña Josefa Vasco de Calderón), hicieron generosos sacrificios pecuniarios en los preparativos de la guerra, en la que Carlos Calderón tomó parte como coronel del batallón de Radica, segundo de Navarra, del cual era inseparable.[1]

 
Carlos Calderón en Montejurra.

La guerra deparó a Calderón reiteradas ocasiones para acreditar su bizarría, su denuedo, su desinterés, su lealtad. Se distinguió en la batalla de Eraul por una carga de caballería que se hizo famosa; y en Velabieta, donde perdió su caballo y hubo de defenderse a pie como un soldado más. También mandó el romancesco batallón denominado “Guías del Rey”.[3]

En las operaciones se condujo con tanto valor como poca fortuna, habiendo tenido la desgracia de que, al atacar Estella el general Primo de Rivera, se le encomendase a él la defensa de la plaza al frente de una división navarra muy levantisca y desfavorablemente impresionada, la cual se le desbandó en el momento decisivo, presa de indescriptible pánico; por lo que se vio obligado a capitular el jefe carlista.

El general vencedor, que conocía a Calderón personalmente, se negó a recibirle la espada cuando se la entregó en el momento de rendirse. Aquella galante delicadeza y otras muchas que con él usó sacaron de quicio a los revoltosos navarros, entre los cuales empezó a circular la voz de que su general los había traicionado, habiendo vendido Montejurra al enemigo por cinco mil duros, suma que él se gastaba en la menor de las fiestas que con frecuencia ofrecía.[1]

ExilioEditar

Acabada la guerra, Carlos Calderón se exilió en París y mantuvo empresas y negocios en España y América. La voz de la supuesta traición de Calderón persistió tanto tiempo, que aun en 1877, un año después de la guerra, en el palacio de la Marquesa de la Rochejacquelein, en París, el general carlista Lizárraga no quiso estrechar la mano que Carlos Calderón le tendía, y abandonó el salón sin saludarle.

No obstante, esta calumnia no hizo nunca la menor mella en el ánimo de Don Carlos de Borbón, que le conservó hasta la muerte grandísimo afecto, conviniendo los dos que, mientras vivieran, pasarían juntos todos los años el día de su santo.

En cumplimiento de esta palabra, todos los años Calderón llegaba a Venecia el 2 o el 3 de noviembre y permanecía en el palacio Loredán un par de semanas.[1]

MuerteEditar

La víspera de su muerte, el 8 de noviembre de 1891, había dado en su lujoso piso del bulevard Malesherbes una espléndida fiesta en honor de los grandes Duques Vladimiro, que le habían distinguido extraordinariamente durante el tiempo que había permanecido en la Embajada de San Petersburgo; en ella fueron aplaudidos los primeros cantantes de la Ópera y las más famosas actrices de la Comédie-Française, así como una vidente (tal vez, madame de Thèbes), que invitó a los asistentes a una sesión de espiritismo.

Principiando por el amo de la casa, la vidente rogó a Calderón que evocase con el pensamiento, sin pronunciar su nombre, algún muerto, con quien le pondría en contacto. Carlos Calderón evocó a la difunta Duquesa de Osuna, con quien había tenido tan íntimas relaciones, y le preguntó dónde se hallaba en aquel momento y si estaba contenta con su suerte, a lo que contestó la evocada por boca de la vidente: — Estoy en un sitio horroroso, donde padezco de insoportables torturas; pero hoy he recobrado un poco de ánimo porque acabo de saber que dentro de breves momentos te tendré a mi lado.

Carlos Calderón era famoso por su manera de reír, y el calificativo de homérico encajaba perfectamente con sus carcajadas, que hacían temblar las paredes; pero Robledo, su criado, decía que nunca le había oído reír tan de buena gana como al relatarle aquel suceso.

Aunque Robledo tenía orden de no despertarle hasta que él le llamase, cuando vio que había pasado medio día sin que diese señales de vida se asomó a la alcoba, pues Calderón, como todos los grandes trabajadores –y él lo era en medio de su vida de placeres–, era madrugador. Se hallaba, en efecto, despierto, pero con aire muy fatigado, y le dijo: — Me siento muy oprimido; vuelve dentro de un par de horas. Quisiera descansar un poco.

Volvió a las tres o las cuatro, y lo encontró desfigurado, agitándose en el lecho y diciendo: «Un cura, que venga un cura. ¡Me muero!» Mientras fueron a buscar al sacerdote, el moribundo, pues ya lo era, encargó a su ayuda de cámara que, apenas le enterrasen, se fuese a Venecia y entregase a Carlos VII, para que los conservase en la sala de banderas del palacio Loredán, varios recuerdos, entre ellos el último sable que había usado durante la guerra, sus condecoraciones y el casco de la granada que mató a Ollo, Radica y Escudero, y al cual estaba todavía adherido un pedazo de paño rojo de un pantalón de uniforme.[1]

Tras su muerte, el pretendiente Don Carlos escribió una carta a la hermana de Calderón, la duquesa de la Unión de Cuba en la que decía:

Con la muerte de tu hermano pierdo un amigo fiel, un servidor heroico, un compañero leal de los buenos como de los malos días cuya nobleza de alma he podido apreciar en más de veinte años de trato continuo, y España pierde uno de los caracteres generosos, activos y emprendedores de que está tan necesitada.[4]

Carlos Calderón fue enterrado en la capilla familiar de la finca Jesús del Valle, en el Valle del Río Darro, cerca de Granada y dejó en esta ciudad una fundación religiosa para enseñanza en las calles Recogidas y Solarillo de Gracia que fue demolida en el siglo XX. En 1980 sus restos fueron exhumados y trasladados al cementerio de San José de Granada, donde reposan actualmente.[5]

DonjuanismoEditar

Carlos Calderón es un tipo muy representativo del donjuanismo al uso del siglo XIX, en la Corte, en los salones y en los campamentos. Así retrataba a Calderón su rey Carlos VII en 1870:

Tendrá ahora veinticinco años, y cuando se siente un poco, creo que valdrá. Tiene corazón y bastante buen criterio; es valiente y decidido. Algo corredor y muy alborotado. Ha hecho sacrificios pecuniarios por la Causa y está dispuesto a hacer más. Tiene un buen fondo, pero ha sido mal educado. No le han inculcado principio alguno, pero defiende los nuestros con entusiasmo, aunque no practica la Religión. A mí me quiere de veras. Nunca adula; si peca, será por el lado contrario. Tiene la noble ambición de la Ordenanza; es muy pundoroso y desea llegar a ser algo, pero mereciéndolo. Le gusta discutir, y en la discusión da a conocer que no carece de talento, pero un talento natural al cual falta el pulimiento. A veces, pasa horas enteras con Aparisi, y dice que piensa idénticamente como él, lo que no deja de sorprender a los que le conocen y saben lo calavera que es, pero buen calavera. Tiene buenos modales en sociedad, y era uno de los elegantes de París. Espero, dentro de unos años, escribir otra vez sobre Calderón y decir de él cosas grandes, pues le creo capaz de ellas.[6]

BradomínEditar

Valle-Inclán reconoció haberse inspirado en Carlos Calderón para el personaje de sus Sonatas, el marqués de Bradomín, un Don Juan con la condición de cruzado. Bradomín estuvo en Tierra Santa, fue guardia noble del Papa y capitán de Lanceros al servicio de su Rey, Carlos VII.[3]

ReferenciasEditar

BibliografíaEditar

Enlaces externosEditar