Diferencia entre revisiones de «El príncipe y el mendigo»

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–Porque si fuera un impostor que se diera príncipe, eso sería muy natural; eso sería razonable; pero ¿ha habido jamás impostor alguno que, al ser llamado príncipe por el rey, príncipe por la corte, príncipe por todos, negara su dignidad y suplicara contra su exaltación? No. ¡Por el alma de San Jorge, no! Es el verdadero príncipe, que se ha vuelto loco.
Capitulo 7:Poco después de la una de la tarde, Tom se sometió resignado a la prueba de que le vistieran para comer. Hallóse cubierto de ropas tan finas como antes, pero todo distinto, todo cambiado, desde la golilla hasta las medias. Fue conducido con mucha pompa a un aposento espacioso y adornado, donde estaba ya la mesa puesta para una persona. El servicio era todo de oro macizo, embellecido con dibujos que lo hacían casi de valor incalculable, puesto que eran obra de Benvenuto. La estancia se hallaba medio llena de nobles servidores. Un capellán bendijo la mesa, y Tom se disponía a empezar, porque el hambre en él era orgánica, cuando fue interrumpido por milord el conde de Berkeley, el cual le prendió una servilleta al cuello, porque el elevado cargo de mastelero del Príncipe de Gales era hereditario en la familia de aquel noble. Presente estaba el copero de Tom, y se anticipó a todas sus tentativas de servirse vino. También se hallaba presente el catador de Su Alteza el Príncipe de Gales, listo para probar, en cuanto se le pidiera, cualquier platillo sospechoso, corriendo el riesgo de envenenarse. En aquella época no era ya sino un apéndice decorativo, y rara vez se veía llamado a ejercitar su función; pero tiempos hubo, no muchas generaciones atrás, en que el oficio de catador tenía sus peligros y no era un honor muy deseable. Parece raro que no utilizasen un perro o un villano, pero todas las cosas de la realeza son extrañas. Allí estaba milord D'Arcy, primer paje de cámara, para hacer sabe Dios qué; pero allí estaba y eso basta. El lord primer despensero se hallaba también presente y se mantenía detrás de la silla de Tom, vigilando la ceremonia, a las órdenes del lord gran mayordomo y el lord cocinero jefe, que estaban cerca. Además de éstos contaba Tom con trescientos ochenta y cuatro criadas; pero, por supuesto, no estaban todos ellos en el aposento, ni la cuarta parte, ni Tom tenía noticias de que existieran.
 
Todos los presentes habían sido bien advertidos a su tiempo de recordar que el príncipe había perdido temporalmente la razón y de tener cuidado de no mostrar sorpresa ante sus desvaríos. Estos "desvaríos" pronto se exhibieron ante ellos, pero sólo excitaron su compasión y su pesar, no sus burlas. Era para ellos una gran aflicción ver al amado príncipe en tan lastimoso estado.
 
El pobre Tom comía casi siempre con los dedos, pero nadie sonrió por esto ni pareció darse cuenta. Inspeccionó su servilleta con curiosidad y profundo interés, porque era una pieza de hermoso y delicadísimo género, y dijo ingenuamente:
 
–Llévatela, te lo ruego, para que no la manche por distracción.
 
El mantelero hereditario se la llevó con reverente actitud y sin una sola palabra o protesta de ninguna suerte.
 
Examinó Tom con interés los nabos y la lechuga y preguntó qué eran y si eran para comer, porque apenas recientemente se habían empezado a cultivar en Inglaterra, en vez de importarlos de Holanda como lujo. [4] Se contesto a su pregunta con grave respeto, y sin manifestar sorpresa. Cuando hubo terminado el postre, se llenó los bolsillos de nueces, pero nadie pareció reparar en ello, ni perturbarse por ello. Mas al momento fue él quien se perturbó y se mostró confuso, porque era aquél el único servicio que le habían permitido realizar con sus propian manos durante la comida, y no dudó de que había hecho algo impropio e indigno de un príncipe. En aquel instante empezaron a temblarle los músculos de la nariz, y el extremo de este órgano a levantarse y contraerse. Prosiguió esta situación, y Tom empezó a dar muestras de creciente desazón. Miró suplicante, primero a uno y después al otro de los lores que le rodeaban y las lágrimas vinieron a sus ojos. Avanzaron con la ansiedad pintada en sus rostros y le rogaron los enterara de su apuro. Tom dijo con verdadera angustia:
 
[4] No fue sino a fines de este reinado (Enrique VIII), cuando cualquier tipo de ensalada, ya fuese de zanahorias, nabos u otra variedad de legumbres de ese género, se produjo en Inglaterra. Las pocas legumbres que se usaron antes de aquel periodo eran importadas de Holanda y Flandes. La reina Catalina, cuando deseaba una ensalada con aquellos elementos, se veía obligada a enviar un correo a esos lugares para poder obtenerlas. Hume, Historia de Inglaterra, vol. III, p. 314.
–Solicito vuestra indulgencia, pero la nariz me pica mucho. ¿Cuál es el uso y la costumbre en este caso? Contestad pronto, os lo ruego, porque, apenas puedo soportarlo poco más.
 
Nadie sonrió; todos se quedaron absolutamente perplejos y se miraron unos a otros con gran aflicción, pidiéndose consejo. ¡Mirad!, esto era un atolladero, y no había nada en la historia inglesa que dijera cómo salir de él. No se hallaba presente el maestro de ceremonias; no había nadie que se sintiera seguro para aventurarse en aquel inexplorado mar ni para arriesgarse a intentar resolver este solemne problema. ¡Cielos! No había rascador hereditario. Entretanto, las lagrimas habían desbordado su dique y empezaron a rodar por las mejillas de Tom. La comezón en su nariz pedía alivio con más urgencia que nunca. Finalmente, la natuealeza derribó las barreras de la etiqueta: Tom elevó en su interior una plegaria de perdón por si obraba mal, y trajo consuelo a los afligidos corazones de sus cortesanos rascándose la nariz por sí mismo.
 
Terminada su comida, se acercó un lord y le presentó un recipiente de oro, ancho y plano, lleno de fragante agua de rosas, para que se limpiarala boca y los dedos; y, a su lado, milord el mastelero hereditario permanecía de pie con una servilleta. Tom contempló el recipiente, perplejo por un momento, luego lo llevó a sus labios y bebió un sorbo gravemente. En seguida se la devolvió al lord y dijo:
 
–No, no me gusta, milord: su sabor es agradable, pero le falta fuerza.
 
Esta nueva excentricidad de la perturbada mente del príncipe dejó doloridos los corazones de cuantos le rodeaban, pero el triste espectáculo no movió a nadie a risa.
 
La próxima inconsciente torpeza de Tom fue levantarse y dejar la mesa justo cuando el capellán tomó su lugar detrás de su silla, y, elevadas las manos y cerrados los ojos se disponía a comenzar la acción de gracias. Sin embargo, nadie pareció apercibirse de que el príncipe había hecho algo insólito.
 
A petición suya, nuestro amiguito fue ahora conducido a su gabinete particular, y lo dejaron solo y librado a su voluntad.
 
Pendientes de ganchos en el friso de madera estaban las diversas piezas de, una brillante armadura de acero, cubierta toda de bellos dibujos exquisitamente incrustados en oro. Esta marcial panoplia pertenecía al verdadero príncipe, regalo reciente de la señora Parr, la reina. Tom se puso las grebes, los guanteletes, el yelmo empenachado y otras piezas tales que pudiera revestirse sin ayuda, y por un momento pensó pedirla para completar el asunto, pero pensó en las nueces que había traído de la mesa, y en el, placer que sería comérselas sin nadie que le mirase y sin grandes hereditarios que le molestasen con sus servicios indeseables; así que volvió las lindas cosas, a sus diversos lugares y pronto estuvo cascando nueces, sintiéndose casi dichosa por primera vez, desde que Dios, en castigo de sus pecados, lo había hecho principe. Cuando desaparecieron las nueces, dio con unos incitantes libros en un armario, entre ellos uno sobre la etiqueta de la corte inglesa. Aquello era un tesoro. Se tendió en un suntuoso diván y procedió a instruirse con verdadero afán. Dejémoslo allí por ahora.
Capitulo 8:
Cerca de las cinco Enrique VIII despertó de una siesta poco refrescante y se dijo entre dientes:
 
–¡Malos sueños, malos sueños! Mi fin está cercana: así lo dicen estos presagios, y mi débil pulso lo confirma. –Un fulgor perverso ardió en sus ojos, y murmuró–: Sin embargo, no he de morir sino hasta que él vaya por delante.
 
Sus servidores percibieron que estaba despierto, y uno de ellos le preguntó su deseo respecto al lord canciller, que esperaba fuera.
 
–¡Que entre, que entre! –exclamó el rey con presteza.
 
El lord canciller entró y se arrodilló ante el lecho del rey, diciendo:
 
–He dado orden, y, conforme al mandato del rey, los pares del reino, ataviados, se encuentran ahora en el tribunal de la Cámara, donde, habiendo confirmado la sentencia al duque de Norfolk, esperan humildemente lo que plegue a Su Majestad que se haga en este asunto.
 
El rostro del rey se iluminó de feroz júbilo. Dijo:
 
–Levantadme. En persona voy a presentarme ante mi Parlamento, y con mi propia mano sellaré el decreto que me libra de...
 
Le falló la voz; una palidez cenicienta borró el color de sus mejillas, y los servidores le recostaron sobre sus almohadas, y apresuradamente lo asistieron con tonificantes. A poco, dijo lleno de pesar:
 
–¡Ah, cuánto he esperado esta dulce hora!, y he que llega demasiado tarde, y me veo privado de esta ocasión tan codiciada. ¡pero apresuraos, apresuraos!, que otros hagan este feliz oficio, ya que a mí se me niega. Doy mi gran sello en comsión: elige tú los lores que han de componerla, y andad a vuestro trabajo. ¡Apresúrate! Antes que salga el sol y se ponga de nuevo, tráeme su cabeza para que yo la vea.
 
–Conforme al mandato del rey, así se hará. ¿Querrá Vuestra Majestad ordenar, que el sello me sea devuelto, de manera que pueda llevar adelante el negocio?
 
–¡El sello!¿Quién guarda el sello sino tú?
 
–Vuestra Majestad, hace dos días que me lo quitasteis, diciendo que no habría de utilizarse sino hasta que vuestra propia real mano lo usara sobre el decreto del duque de Norfolk.
 
–Sí, en verdad así lo hice: Lo recuerdo. ¿Qué hice de él?..: Estoy muy débil... En estos días la memoria me es traidora tan frecuentemente... Es extraño, extraño...
 
El rey comenzó a mascullar inarticuladamente, meneando de tiempo en tiempo su canosa cabeza débilmente, y tratando de recordar lo que había hecho del sello. Por fin, milord Hertford se aventuró a arrodillarse y a ofrecer información:
 
–Señor, si me permitís la osadía, varios de los presentes recuerdan como yo cómo pusisteis el gran sello en manos de Su Alteza el Príncipe de Gales para que lo guardase hasta el día que...
 
¡Cierto, ciertísimo! –interrumpió el rey–. Ve por él. ¡Ve el tiempo vuela!
 
Lord Hertford voló hacia Tom, pero volvió ante el rey antes de mucho rato, turbado y con las manos vacías. Se expresó de esta suerte:
 
–Duéleme, mi señor el rey, ser portador de tan graves y aflictivas nuevas, pero es voluntad de Dios que el príncipe permanezca trastornado, y no recuerda haber recibido el sello. Así he venido al punto a decíroslo, creyendo que sería perder un tiempo precioso, y además en vano, que alguno intentara regìstrar la larga serie de cámaras y salones que pertenecen a Su Alteza Real...
 
Un gruñido del rey interrumpió al lord en este punto. Al cabo de un rato dijo Su Majestad, con acento de profunda tristeza:
 
–No lo molestéis más, pobre niño. La mano de Dios se ha posado con fuerza sobre él, y mi corazón se deshace en amorosa compasión, y en pesar de no poder llevar su carga sobre mis propios viejos hombros cargados de dolor, y traerle la paz.
 
Cerró sus ojos, comenzó a musitar y pronto calló. A poco volvió a abrirlos y miró vagamente en torno, hasta que su mirada descansó en el arrodillado lord canciller. Instantáneamente su rostro se encendió de ira:
 
–¿Qué? ¡Tú aquí todavía! Por la gloria de Dios, si no vas en seguida a lo de ese traidor, tu mitra holgará mañana por falta de cabeza que adornar.
 
El tembloroso canciller respondió:
 
–¡Imploro el perdón de Vuestra Majestad! Sólo esperaba por el sello.
 
–¿Has perdido el juicio, hombre? El sello pequeño, que antaño solía yo llevar conmigo de viaje, está en mi tesoro. Y, puesto que el gran sello ha desaparecido, ¿no bastará? ¿Has perdido el juicio? ¡Vete! Y escucha: no vuelvas aquí hasta que me traigas su cabeza.
 
El pobre canciller no tardó en retirarse de esta peligrosa vecindad; ni perdió tiempo la comisión en dar el asenso real a la obra del esclavizado Parlamento, y designado el día siguiente para la decapitación del primer par de Inglaterra, el desafortunado duque de Norfolk. [5]
 
[5] PENA DE MUERTE PARA NORFOLK La Cámara de los Pares, sin interrogar al prisionero, sin proceso o evidencia, decreto la pena de muerte en su contra y la pasó a la Cámara de los Comunes... Estos serviles representantes del pueblo obedecieron las indicaciones de su rey; y éste, habiendo firmado el asentimiento real del documento presentada a la gran comisión, dio órdenes para que Norfolk fuese ejecutado en la mañana del 29 de enero (el día siguiente).
Capitulo 9:
A las nueve de la noche toda la extensa ribera frente al palacio fulguraba de luces. El río mismo, hasta donde alcanzaba la vista en dirección a la ciudad, estaba tan espesamente cubierto de botes y barcas de recreo, todos orlados con linternas de colores y suavemente agitados por las ondas, que parecía un reluciente e ilimitado jardín de flores animadas a suave movimiento por vientos estivales. La gran escalinata de peldaños de piedra que conducía a la orilla, lo bastante espaciosa para dar cabida al ejército de un príncipe alemán, era un cuadro digno de verse, con sus filas de alabarderos reales en pulidas armaduras y sus tropas de ataviados servidores, revoloteando de arriba abajo, y de acá para allá, con la prisa de los preparativos.
 
De pronto se dio una orden y de inmediato toda criatura viviente se esfumó de los escalones. Ahora el aire estaba cargado con el silencio del suspenso y la expectación. Hasta donde alcanzaba la vista, podía verse a miles de personas en los botes, que se levantaban y se protegían los ojos del brillo de las lintemas y las antorchas, y miraban hacia el palacio.
 
Una fila de cuarenta o cincuenta barcas reales se dirigió hacia los escalones. Estaban ornadas de ricos dorados, y sus altivas proas y popas estaban laboriosamente talladas. Algunas de ellas iban decoradas con banderas y gallardetes, otras, con brocados y tapices de Arrás con escudos de armas bordados; otras con banderas de seda que tenían innumerables campanillas de plata pendientes de ellas que lanzaban una lluvia de alegre música cada vez que las agitaba la brisa; otras, de más altas pretensiones, puesto que pertenecían a los nobles de servicio más cercano al príncipe, tenían los costados pintorescamente guardados con escudos suntuosamente blasonados de armas y emblemas. Cada barca real iba remolcada por un patache. Además de los remeros, éstos llevaban unos cuantos hombres de armas de relucientes yelmos y petos, y una compañía de músicos.
 
La vanguardia de la esperada procesión hizo su aparición en la puerta principal: una tropa de alabarderos. Iban vestidos con calzas de listas negras y leonadas, gorras de terciopelo adornadas a los lados con rasas de plata, y jubones de paño azul y morado, bordados por delante y por detrás con las tres plumas, el blasón del príncipe, tejidas en oro. Las astas de las alabardas estaban cubiertas de terciopelo carmesí, sujeto con clavos dorados y adornadas con borlas de oro. Desfilando a derecha e izquierda, formaban dos largas hileras que se extendían desde la puerta principal del palacio hasta la orilla del agua. Después se desplegó un grueso paño o tapiz rayado, y unos servidores, ataviados con las libreas de oro y carmesí del príncipe, lo tendieron entre los alabarderos. Hecho esto, resonó dentro un floreo de trompetas. Los músicos del río comenzaran un animado preludio y dos ujieres con varas blancas salieron por la puerta con lento y majestuoso paso. Iban seguidos por un oficial que llevaba la maza municipal, tras el cual venía otro con la Espada de la Ciudad; luego varios alguaciles de la guarnición de la ciudad, con uniforme de gala, y con divisas en las mangas. Venía luego el rey de armas de la Jarretera, con su tabardo; lo seguían varios caballeros del Baño, cada uno con una cinta blanca en la manga; luego sus escuderos; después los jueces, con sus togas escarlatas y sus cofias; luego el lord gran canciller de Inglaterra, con su toga escarlata, abierta por delante y, orlada de piel blanca con manchas negras; luego una comisión de regidores con sus capas escarlata, y luego los principales de las diferentes compañías cívicas en traje de ceremonia. Después venían doce caballeros franceses, con espléndidos atavíos, consistentes en jubones de damasco blanco listado de oro, capas cortas de terciopelo carmesí, forradas de tafetán violeta y calzas color carne, y comenzaron a descender por la escalinata. Eran el séquito del embajador francés, e iban seguidos por doce caballeros del séquito del embajador español, vestidos de terciopelo negro sin ningún adorno. En pos de éstos venían varios importantes nobles ingleses con sus servidores.
 
Sintióse dentro floreo de trompetas, y el tío del príncipe, el futuro gran duque de Somerset, salió de la verja, ataviado con un jubón de brocado negro y una capa de raso carmesí con flores de oro, y ribeteada con redecillas de plata. Volvióse, se quitó la gorra adornada con plumas, inclinó su cuerpo en profunda reverencia y empezo a retroceder de espaldas, saludando a cada escalón. Siguió prolongado son de trompetas y la proclamación: "¡Paso al alto y poderoso señor Eduardo Príncipe de Gales!" En lo alto de los muros de palacio prorrumpió en estrépito atronador una larga hilera de rojas lenguas de fuego; la gente apiñada en el río estalló en potente rugido de bienvenida, y Tom Canty, causa y héroe de todo aquello, apareció a la vista, e inclinó levemente su principesca cabeza:
 
Iba magníficamente vestido con un justillo de raso blanco, con pechera de tisú púrpura, salpicado de diamantes y ribeteado de armiño. Sobre esto llevaba una capa de brocado blanco con la corona de tres plumas, forrada de raso azul, adornada con perlas y piedras preciosas y sujeta con un broche de brillantes. De su cuello pendía la orden de la Jarretera y varias condecoraciones reales de países extranjeros, y cada vez que le daba la luz, las joyas resplandecían con deslumbrantes destellos. ¡Oh, Tom Canty, nacido en un cobertizo, educado en los arroyos de Londres, familiarizado con los andrajos y la suciedad y la miseria!, ¡qué espectáculo es este!
Capitulo 10:
Dejamos a John Canty arrastrando al verdadero príncipe hacia Offal Court, con una ruidosa y regocijada turba pisándole los talones. En ella sólo hubo una persona que brindó una palabra rogando por el cautivo, y no le hicieron caso: tan grande era el tumulto que apenas incluso se oyó. Continuó el príncipe luchando por su libertad y protestando contra el tratamiento que sufría, hasta que John Canty perdió la poca paciencia que le quedaba y con repentino furor levantó su garrote de roble sobre la cabeza del príncipe. El único defensor del chico saltó para detener el brazo del hombre, y el golpe dio en su propia muñeca. Canty rugió:
 
–¿Quieres entrometerte? ¡Pues ten tu recompensa!
 
Su garrote se estrelló en la cabeza del mediador. Se oyó un gemido, una forma opaca se hundió en tierra entre los pies de la muchedumbre, y un momento después yacía sola en la oscuridad. La turba continuó, sin que su diversión fuera perturbada por este episodio.
 
A poco el príncipe se encontró en la morada de John Canty, con la puerta cerrada a los entremetidos. A la vaga luz de una vela de sebo, encajada en una botella, descubrió los rasgos principales del repugnante tugurio, y también los de sus ocupantes: Dos desgreñadas muchachas y una mujer de edad madura en cuclillas contra la pared en un rincón, con el aspecto de animales habituados a los malos tratos y en ese momento esperándolos y temiéndolos. De otro rincón salió una bruja seca, con el pelo canoso revuelto y perversos ojos. John Canty le dijo a ésta:
 
–Espera, tenemos buena mojiganga. No la estropees hasta que la hayas disfrutado; después, que sea tu mano tan pesada como quieras. Acércate, rapaz; ahora repite tus tonterías, si no se te han olvidado. Di tu nombre. ¿Quién eres?
 
La ofendida sangre subió una vez más a las mejillas del pequeño príncipe, y éste lanzó una mirada firme e indignada al rostro del hombre y dijo:
 
–Mala crianza es en uno como tú mandarme hablar. Te digo ahora, como te he dicho antes, soy Eduardo, Príncipe de Gales, y ningún otro.
 
La sorpresa apabullante de esta contestación clavó los pies de la vieja al suelo y la dejó casi sin aliento. Miró al príncipe con estúpido asombro, lo que divirtió tanto al bandido de su hijo que lo hizo reventar en un rugido de risa. Mas el efecto fue distinto en la madre y en las hermanos de Tom Canty. Su temor a los daños corporales dio paso a una preocupación de distinta especie. Se adelantaron con los rostros afligidos y desalentados, exclamando:
 
–¡Oh, pobre Tom, pobre niño! La madre cayó de rodillas ante el príncipe, puso sus manos sobre los hombros del niño y entre las lágrimas que asomaban a sus ojos miró ansiosamente su rostro. Luego dijo:
 
–¡Oh, mi pobre niño! ¡Finalmente tus necias lecturas han tenido su efecto y te han trastornado el juicio! ¡Ay! ¿Por qué te aferrabas a ellas cuando tanto te prevenía yo en contra? ¡Has desgarrado el corazón de tu madre!
 
El príncipe la miró y dijo dulcemente:
 
–Tu hijo está bien y no ha perdido el juicio, buena mujer. Consuélate. Llévame al palacio donde se halla, y el rey, mi padre, te lo devolverá inmediatamente.
 
–¿El rey tu padre? ¡Oh, hijo mío! No digas esas palabras, que pueden traerte la muerte, y la ruina para todos los que están cerca de ti. Sacude ese horrible sueño. Recobra tu pobre memoria errante. Mírame. ¿No soy yo tu madre, la que te ha dado el ser y tanto te ha amado?
 
El príncipe movió la cabeza y dijo pesaroso:
 
–Dios sabe que me duele afligir tu corazón,, pera verdaderamente nunca he visto tu cara antes.
 
La mujer cayó sentada al suelo, y, cubriéndose los ojos con las manos, abrió paso a desgarradores sollozos y lamentos:
 
–¡Que siga el espectáculo! –gritó Canty–. ¡Eh, Nan! ¡Eh, Bet! ¡Mozuelas sin modales! ¿Estáis en pie en presencia del príncipe? ¡De rodillas, hez de mendigas, y hacedle reverencia!
 
Continuó esto con una grosera carcajada. Las muchachas empezaron a suplicar tímidamente por su hermano, y Nan dijo:
 
–Déjalo que se acueste, padre; que descanse, y el sueño curará su locura. Hazlo, te lo ruego.
 
–¡Hazlo, padre! –dijo Bet–; está más cansado que de ordinario. Mañana volverá a ser él mismo, y mendigará con diligencia, y no volverá a casa con las manos vacías.
 
Esta observación apagó la jovialidad del padre, y le recordó el negocio. Volvióse enojado al príncipe, y dijo:
 
–Mañana tenemos que pagar dos peniques al dueño de este agujero, dos peniques, adviértelo, todo este dinero por medio año de renta, de lo contrario saldremos fuera de aquí. Muestra lo que has reunidos mendigando.
 
El príncipe contestó:
 
–No me ofendas con tus sórdidos asuntos. Te vuelvo a decir que soy el hijo del rey.
 
Un recio golpe, de la ancha palma de Canty en el hombro del niño lo mandó tambaleándose a los brazos de la buena mujer de Canty, quien lo estrechó contra su seno, y lo defendió de una violenta lluvia de puñetazos y bofetadas, interponiendo su propia persona. Las asustadas muchachas se retiraron a su rincón, pero la abuela avanzó muy solícita para asistir a su hijo. El príncipe se separó de la señora Canty exclamando:
 
–No has de padecer tú por mi causa, señora. Deja que esos cerdos hagan lo que quieran conmigo solo.
 
Estas palabras encolerizaron a los cerdos a tal grado que pusieron manos a la obra sin pérdida de tiempo. Entre ambos apalearon vigorosamente al niño, y luego dieron una golpiza a las niñas y a su madre por haber mostrado compasión de la víctima.
 
¡Ahora –dijo Canty–, a la cama todos! La diversión me ha fatigado.
 
Apagóse la vela y se acostó la familia. En cuanto los ronquidos del jefe de la casa y de su madre mostraron que estaban dormidos, las muchachas se deslizaron adonde yacía el príncipe y lo resguardaron tiernamente del frío con paja y andrajos; y su madre también se deslizó hacia él, y le alisó el pelo, y lloró sobre él, mientras susurraba en sus oídos entrecortadas palabras de consuelo y compasión. Había guardado además un bocado para que lo comiera, mas los dolores del niño le habían quitado todo apetito, por lo menos de mendrugos negros e insípidos. Estaba conmovido por la brava y costosa defensa que había hecha de él, y por su conmiseración, y le dio las gracias con palabras muy nobles y principescas y le rogó que se fuera a dormir y tratase de olvidar sus penas. Y añadió que el rey, su padre, no dejaría sin recompensa su leal benevolencia y devoción. Este retorno a su "locura" desgarró de nuevo el corazón de ella, que lo volvió a estrechar una y otra vez contra su pecho, y luego se volvió a su cama, ahogada en lágrimas.
 
Mientras yacía pensando y lamentándose empezó a deslizarse en su mente la idea de que en aquel niño había algo indefinible de que carecía Tom Canty, loco o cuerdo. No podia describirlo, no podía decir exactamente qué era, y, sin embargo, su agudo instinto maternal parecía detectarlo y percibirlo. ¿Y si el niño no fuera, después de todo, realmente su hijo? ¡Oh, absurdo! Casi sonrió ante esta idea, a pesar de sus pesares y de sus problemas. Sin embargo, era una idea que no cedía, sino que persistía en dominarla. La perseguía, la hostigaba, se aferraba a ella, y se negaba a ser desechada o ignorada. Por fin, percibió que no habría sosiego para ella hasta que idease una prueba que demostrara claramente y sin duda si aquel muchacho era su hijo o no, y así desvanecer estas fatigosas y atormentadoras dudas. ¡Ah, sí!, éste era sencillamente el mejor camino para salir del problema, así que puso su mente a trabajar de inmediato para urdir la prueba. Pero era mucho más fácil proponérselo que conseguirlo.
 
Dio vueltas en su cabeza una tras otra a prometedoras pruebas pero se vio obligada a desecharlas todas: ninguna de ellas era completamente segura, absolutamente perfecta; y una imperfecta no podía satisfacerla. Evidentemente, se rompía la cabeza en vano; era casi seguro que tendría que dejar el asunto. Mientras pasaba por su mente este deprimente pensamiento, su oído captó la respiración regular del niño, y supo que se había dormido. Y mientras escuchaba la respiración acompasada, fue interrumpida por un leve grito de sobresalto, como el que se emite en un sueño perturbado.
 
Este suceso casual la armó instantáneamente de un plan que valía más que todas sus maquinaciones combinadas. Al punto se puso febrilmente, pero silenciosamente, a trabajar, a encender de nuevo su vela, diciéndose: "Si entonces lo hubiera visto lo habría sabido. Desde aquel día, cuando era pequeño, en que la pólvora estalló en su cara, no ha sido sobresaltado de pronto, ni de sus sueños ni de sus pensamientos, sin llevarse las manos a los ojos, como lo hizo aquel día, y no como lo harían otros, con las palmas hacia dentro, sino siempre con las palmas hacia fuera. Lo he visto cien veces, y no ha variado nunca ni fallado nunca. ¡Sí, pronto lo sabré, ahora!"
 
Para esto se había escurrido hacía el niño dormido con la vela tapada con la mano. Cuidadosamente, con cautela, se inclinó sobre él, casi sin respirar, en su reprimida excitación, y de pronto le acercó la luz a la cara y golpeó el suelo con los nudillos junto al oído del niño. Los ojos de éste se abrieron asombrados, y dirigió una mirada perpleja en torno, pero no hizo ningún movimiento especial con sus manos.
 
La pobre, mujer fue herida sin compasión por la sorpresa y el dolor, pero consiguió ocultar sus emociones y calmar al niño hasta dormirlo de nuevo. Luego se deslizó aparte y habló consigo misma, lastimosamente, sobre el desastroso resultado de su experimento.
 
Trataba de creer que la locura de su Tom había desaparecido su habitual ademán, pero no podía conseguirlo.
 
–No –se dijo–; sus manos no están locas, no podrían haber olvidado en tan poco tiempo un hábito tan viejo. ¡Oh, es un triste día para mí!
 
No obstante, la esperanza era ahora tan pertinaz como antes lo había sido la duda; no podía aceptar el veredicto de la prueba. Tenía que intentarlo de nuevo –el fracasa debe haber sido sólo un accidente–. Así despertó al niño una segunda y una tercera vez, a intervalos, con el mismo resultado que arrojó la primera prueba; luego se arrastró hasta, su cama y se durmió angustiada, diciendo:
 
–¡Pero no puedo renunciar a él, oh, no, no puedo, no puedo; debe ser mi hijo!
 
Habiendo cesado las interrupciones de la pobre madre, y habiendo perdido gradualmente los dolores del príncipe su poder de perturbarlo, por fin la extrema fatiga cerró sus ojos en un sueño profundo y reparador. Transcurrió hora tras hora, y siguió durmiendo como un bendito. Así pasaron cuatro o cinco horas. Entonces su sopor empezó a aligerarse. De pronto, entre despierto y dormido, balbuceó:
 
–¡Sir William!
 
Y al cabo de un momento:
 
–¡Hola, sir William Herbert! Ven acá y escucha el sueño más raro que... ¡Sir William! ¿Escuchas? ¡Vaya! He soñado que me convertía en mendigo, y... ¡Hola! ¡Guardias! ¡Sir William! ¡Cómo! ¿No hay aquí ningún ayuda de cámara? ¡Ah!... A fe mía que...
 
–¿Qué te aqueja? –preguntó un susurro junto á él–. ¿A quién llamas?
 
–A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?
 
–¿Yo? ¿Quién habría de ser sino tu hermana Nan? ¡Ah, Tom! Se me había olvidado. Estás todavía loco. ¡Podré niño! Estás todavía loco. ¡Que no hubiera despertado de nuevo para verlo! Pero te ruego que controles tu lengua, si no, nos matarán a todos a golpes.
 
El asustado príncipe se incorporó parcialmente de un salto, pero un filoso recuerdo de sus doloridos miembros lo hizo volver en sí y se hundió de nuevo en la sucia paja con un gemido y la exclamación:
 
–¡Ay de mí! ¡Entonces no era un sueño!
 
En un momento toda la grave pena y la miseria que el sueño había desterrado cayeron de nueva sobre él, y comprendió que ya no era un príncipe mimado en un palacio, con los adoradores ojos de una nación en él, sino un mendigo, un paria, vestido de harapos, prisionero en un antro digno solo de animales y viviendo con mendigos y ladrones.
 
En medio de su dolor cobró conciencia de alegres ruido y voces, en apariencia sólo, a una o dos manzanas de distancia. Al momento se sintieron varios golpes a la puerta; John Canty cesó de roncar y dijo:
 
–¿Quién llama? ¿Qué quieras? Una voz contestó:
 
–¿Sabes, sobre quién has dejado caer tu garrote?
 
–No. Ni lo sé ni me importa.
 
–Puede que pronto cambies de opinión, y si quieres salvar tu cuello, sólo huyendo, puedes salvarte. En este momento el hombre está entregando el espíritu. ¡Es el cura, el padre Andrés!
 
–¡Dios santo! –exclamó Canty. Despertó a su familia y ordeno ásperamente–: ¡Arriba todos y huyamos, o quedaos aquí a morir!
 
Apenas cinco minutos más tarde la familia Canty estaba en la calle, y huyendo para salvar la vida. John Canty asía al príncipe por la muñeca y lo hacía correr por el oscuro camino haciéndole en voz baja esta advertencia:
 
–¡Cuidado con tu lengua, loco insensato, y no digas nuestro nombre! Yo tomaré un nombre nuevo, de inmediato, para engañar el olfato de los perros de la ley. ¡Cuidado con tu lengua, te lo ordeno!
 
Gruñó estas palabras al resto de la familia:
 
–Si por casualidad nos separamos, que cada cual vaya al Puente de Londres; el que llegue hasta la última tienda de ropa del Puente, que espere allí a los demás, luego todos juntos huiremos a Southwark.
 
En ese momento la partida salió de repente de la oscuridad a la luz, y no sólo a la luz, sino al centro de una multitud de gentes que cantaban, bailaban y vociferaban apiñadas en el frente del río. Había una hilera de fogatas que se extendía por ambos lados del Támesis hasta donde alcanzaba la vista. El Puente de Londres estaba iluminado, lo mismo que el Puente de Southwark. Todo el río brillaba con los fulgores y el lustre de las luces de colores; y constantes estallidos de fuegos artificiales llenaban los cielos con una intrincada mezcla de esplendores y de una espesa lluvia de chispas deslumbrantes que casi convertían la noche en día; por doquiera, había grupos de juerguistas; todo Londres parecía estar allí.
 
John Canty lanzó un furioso juramento y ordenó la retirada, pero era demasiado tarde. Él y su tribu fueron devorados por aquella abigarrada colmena humana e irremediablemente separados unos de otros en un instante. No estamos considerando al príncipe parte de la tribu; Canty seguía reteniéndolo con el puño. El corazón del príncipe latió acelerado por la esperanza de escaparse. Un fornido barquero, bastante excitado por el licor, fue empujado rudamente por Canty en su esfuerzo por abrirse paso a través de la multitud; puso su enorme mano en el hombro de Canty y dijo:
 
–¿Dónde tan de prisa, amigo? ¿Corrompes tu alma con asuntos sórdidos cuando todos los hombres leales y fieles están de fiesta?
 
–Mis asuntos son míos; no te conciernen –respondió Canty ásperamente–. Quita la mano y déjame pasar.
 
–Pues ésa es tu índole, no pasarás hasta que hayas bebido a la salud del Príncipe de Gales; yo te lo mando –dijo el barquero cerrándole resueltamente el paso.
 
–¡Dame la copa, pues, y apresúrate, apresúrate!
 
Para entonces se había despertado el interés de otros juerguistas, que exclamaron:
 
–¡La copa, la copa! Haced que el bribón malgeniudo beba en la copa, si no, lo echaremos de pasto a los peces.
 
Trajeron una enorme copa; el barquero, asiéndola por una de sus asas y con su otra mano sosteniendo el extremo de una servilleta imaginaria; se lo presentó a Canty de manera cumplida y tradicional Este tuvo que asir el asa contraria con una de sus manos y quitar la tapa con la otra, conforme a la antigua costumbre, [6] lo cual dejó un segundo las manos libres al príncipe, desde luego. No perdió el tiempo, sino que se sumergió entre el bosque de piernas que lo rodeaba y desapareció. Un momento después no habría sido mas difícil de hallar, bajo aquel agitado mar de vida, si sus oleadas hubieran sido las del Atlántico y el niño una moneda perdida.
 
 
 
[6] LA COPA DEL AMOR La copa del amor, y las curiosas ceremonias que se observaban al beber de ella, son anteriores a la historia de Inglaterra. Parece que todo ello es importación danesa. Hasta donde pueda saberse, la copa del amor siempre se ha bebido en los banquetes ingleses. La tradición nos relata la ceremonia de esta manera: en los tiempos primitivos, se tenía gran cuidado de que las dos manos de ambos bebedores estuviesen ocupadas; mientras el suplicante pedía el amor y la fidelidad a la amada, ella aprovechaba la oportunidad para clavarle un puñal.
Pronto se dio cuenta de esto, y al instante se ocupó de sus propios asuntos, sin acordarse más de John Canty. Se dio cuenta también de otra cosa, a saber, que un fingido Príncipe de Gales estaba siendo festejado por la ciudad, en su lugar. Fácilmente coligió que el niño mendigo, Tom Canty, se había aprovechado deliberadamente de aquella estupenda oportunidad y se había convertido en usurpador.
 
Por consiguiente, no podía seguir más que un rumbo: encontrar el camino hacia el Ayuntamiento, darse a conocer y denunciar al impostor. También resolvió que a Tom se le debería conceder un tiempo razonable para la preparación de su ánima, y después ser colgado, arrastrado y descuartizado, conforme a la ley y el uso de la época, en casos de alta traición.
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