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A la mañana siguiente estalló un [[motín]] e Isaac fue coronado emperador por el patriarca. Mientras, su "predecesor", recién llegado a la capital cuando empezó la revuelta, sólo pudo atrincherarse en el palacio e intentar una desesperada resistencia, pero tuvo que ceder al ímpetu furioso de sus súbditos. Acorralado, intentó salvarse prometiendo primero una [[amnistía]], y luego renunciar al trono en favor de su prometedor hijo mayor, Manuel, pero ninguna de las ofertas fue aceptada.
 
La situación en la ciudad se hizo caótica; mientras muchas familias celebraron la liberación de sus parientes, injustamente encarcelados por Andrónico, Isaac entró en el Sacro Palacio y el proletariado urbano saqueó 170.000 ''[[nomisma]]ta'' del Tesoro imperial, conseguidos gracias a la buena administración del tirano. Andrónico trató de huir en secreto a [[Crimea]] a bordo de un barco, junto a su esposa Agnes y su concubina Maraptike. Alcanzaron el puerto de Chele, en la costa bitinia del Marmar Negro, pero los vientos le fueron desfavorables, por lo que fue capturado. Sus intentos de ganarse a su captores con conmovedores lamentos fracasaron, y los cortesanos enviados a tomar custodia suya la emprendieron a bofetadas y patadas con el reo, arrojándolo a una mazmorra en la prisión de Anemas.
 
Encadenado y obligado a postrarse ante Isaac, ni sus súplicas ni las de muchos de sus partidarios consiguieron el indulto para el ya ex-emperadorexemperador. Entonces empezó su espeluznante suplicio: sus antiguas víctimas le hicieron desfilar por las calles subido a un [[camello]] [[Sarna|sarnoso]] entre burlas de la multitud, que le daba bastonazos, le arrojaba piedras y excrementos, e incluso agua hirviendo. A continuación le llevaron al [[Hipódromo]], donde se ensañaron brutalmente con él cortándole las manos, arrancándole el cabello y los dientes y sacándole un ojo. Tras darle un breve descanso, fue colgado por los pies entre dos columnas cercanas a una escultura de la [[Luperca|Loba Capitolina]], y cuantos quisieron golpearle pudieron hacerlo. Andrónico no profirió un lamento durante su suplicio. Las únicas palabras que repetía eran:
 
{{cita|[[Kyrie Eleison|Apiadaos de mi, Señor]]; para qué habéis de estrellar una caña ya quebrada.|}}
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