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José Palacios (Capaya, Provincia de Venezuela, 1770-Caracas, República de Venezuela, 1845) fue el mayordomo de Simón Bolívar.

José Palacios
Información personal
Nacimiento 1777 Ver y modificar los datos en Wikidata
Fallecimiento 1845 Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacionalidad Venezolano
Información profesional
Ocupación Mayordomo
Conflictos Guerra de Independencia de Venezuela Ver y modificar los datos en Wikidata

BiografíaEditar

José Palacios fue un esclavo, nacido en una hacienda, propiedad de la familia materna de Simón Bolívar, ubicada en Capaya (Municipio Acevedo, Estado Miranda). Siendo adolescente pasó a formar parte de la servidumbre en la casa de los Bolívar-Palacios, en Caracas. En 1807 Simón Bolívar lo escogió como su sirviente personal, actividad que desempeñaría hasta la muerte de El Libertador en 1830.[1]

José Palacios fue manumitido por Bolívar y no sólo cumplía tareas de sirviente, sino de edecán del Libertador. Vestía una chaqueta militar pero nunca obtuvo oficialmente un rango en el Ejército. Bajo su cargo estaba toda la servidumbre de Bolívar. Éste, en su testamento, le dejó 8000 pesos. Nada se sabe de su vida posterior. Se cree que se fue a Caracas, a vivir con la negra Matea y que murió en esta ciudad en 1845. Según la novela de Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, José Palacios murió en la ciudad de Cartagena, alcohólico e indigente, con más de 70 años de edad.

ReferenciasEditar

"Memorias de Fernando Bolívar, sobrino del Libertador". Durante su lectura, y refieriéndose al momento en el cual (luego de su regreso de los Estados Unidos, dónde había realizado sus estudios), realiza un viaje de Caracas a la ciudad de Bogotá, para visitar a su ilustre tío, y se ocupa en su narración, del personal de confianza que rodeaba al Libertador en esos tiempos (1828), dedicándole unas interesantes líneas a este noble personaje:  “En Bogotá fuimos a apearnos al Palacio de Gobierno donde estaba mi tío y allí me encontré con mi compañero de colegio Andrés Ibarra, con Ferguson, Wilson, Almonte de Bolivia, y como diariamente venían las personas principales de Bogotá, pronto fui conocido de todos. Mi tío el día que llegamos preguntó a algunas de las que vinieron a visitarle que si me conocían, casi todos al contestarle agregaban que me encontraban alguna semejanza o aire de familia. Esa contestación no pareció serle desagradable.    El Palacio de Gobierno, era una hermosa casa de alto edificada con bastante gusto y amueblada con lujo. En el patio había una hermosa pila y tenía alrededor un jardincito, de flores, en que abundaban rosas y otras flores y sobre todo los claveles que son muy bellos en aquel clima. El patio o atrio principal estaba enclaustrado y tenía una reja de hierro; el orden en el segundo piso era diferente pues solo tenía un corredor y los demás eran pasadizos que conducían al comedor y a las piezas interiores que ocupaba mi tío. Sobre la calle en la parte alta había 5 salas que se seguían de diferentes tamaños y la primera se había destinado para el Consejo de Estado. La última que era la más lujosamente empapelada, quedaba inmediata a un dormitorio donde había una hermosa cama matrimonial y donde dormía yo con mi amigo el teniente Andrés Ibarra que ya era edecán.     El secretario privado era el coronel Juan Santana, de Caracas, que había sido educado en el extranjero y hablaba varios idiomas.  El mayordomo era José Palacios y como de este poco se ha dicho le consagraré algunas líneas, que bien lo merece, por las bellísimas cualidades que le adornaban. El nació en la casa de los Palacios que era de la familia materna de mi tío. Su color a pesar de que había llevado tanto o más sol que mi tío, se puede decir que se había tostado menos. Sus ojos eran pequeños y azules, como si fuese natural de los polos o países fríos. Su pelo era rubio, aunque muy crespo, robusto y fuerte como un gladiador y tan valiente como los más esforzados militares de aquel ejército que elevó la gloria de la primitiva Colombia, y fue el terror de los españoles, tanto en las pampas de Venezuela como en las frígidas alturas de Cundinamarca, Pasto o Alto y Bajo Perú. Su fidelidad hacia su patrón era ilimitada y le había acompañado en todas las campañas; él disponía del dinero con gran desprendimiento y honradez y exactitud; tan gastador y lujosos como su patrón, poseía las mejores bestias y llevaba las espuelas de oro y riendas de plata, que le habían sido regaladas al Libertador en ciudades del Perú. Nunca usaba sino traje de paisano porque jamás había querido tomar rango militar aunque muchas veces había peleado con gran valor, sus vestidos eran de lo mejor que se hacía en el país. A pesar de todo eso, que lo distinguía, no sabía leer ni escribir, y jamás se había aplicado a aprender. Se conoce que en él la condición de criado o sirviente no le era desagradable. Era tan sobrio que jamás bebía licor ni vino de ninguna especie y era aficionada a ser arriero lo que le era muy necesario; porque no habiendo en aquel entonces otros caminos que los de arrias, o acémilas, tenía que estar siempre al frente de las cargas.  Siempre tenía a sus órdenes dos adjuntos, el uno era el moreno tinto llamado Nicasio, nacido esclavo en San Mateo y compañero de Pío o Piíto que fue el que seducido en los Cayos, cometió el atentado de asesinar a Amestoy creyendo que era su patrón.  A pesar de aquel hecho, el otro que en todo había obrado de un modo tan contrario, jamás se separó de su lado y era el adjunto o dependiente de José el Catire por cuyo apodo era conocido. El otro en aquel entonces era Gregorio uno de los hombres más altos y mejor formados que jamás he visto y su cara tan perfecta y bella como su cuerpo. Él nos contaba que había acompañado al Libertador sólo desde el año de 27 en que el indio Cisneros, salteador o guerrillero de los Valles del Tuy desde el año  de 21 hasta el de 23 le había atacado en su pulpería que tenía en el Guayabo, lugar del camino de Caracas a Charallave: que su fuerza muscular y su arrojo le habían salvado; porque se había hecho dar paso por en medio de los que le rodeaban pero acribillado de heridas, dejándole cicatrices grandes que nos mostraba y daban a conocer lo crueles y peligrosas que habían sido. Acompañaban igualmente a José Palacios dos hermosos perros, el uno bayo o de color pajizo y el otro barcino. Ambos decían que habían sido tomados como botín de guerra, en la tienda de campaña del general Canterac, en Junín o Ayacucho, no puedo asegurarlo. Estos dos animales parecían de la raza de los San Bernardo, pero se notaba que había diferencia y creo que oí decir que el bayo que era más alto, y como más propio para la cacería era oriundo de la sabana de Bogotá donde abundan especies de galgos que son muy aparentes para perseguir a los venados en aquellas planicies. El barcino era más doble o semejante al perro de presa y era mucho más valiente y arrojado. Después del 25 de setiembre en que el Palacio de Gobierno fue atacado por una banda de conspiradores, se adoptó el sistema de cerrar la puerta de la calle que antes estaba abierta de noche como de día. Y Trabuco que así se llamaba el perro barcino se quedaba fuera de la casa y hacia la guardia en la calle. En los viajes estos dos animales iban al lado de las cargas de los equipajes y ayudaban a custodiarlos. No debo omitir que estos dos animales vinieron desde el Alto Perú con el Libertador hasta Caracas y luego regresaron con él a Bogotá y que cuando el Perú invadió a Colombia volvieron hasta Guayaquil y luego otra vez de regreso en Bogotá, la capital, le siguieron hasta Cartagena cuando se retiró del mando y pensó en venir a Europa por su salud.  Volviendo a José Palacios, el mayordomo, diré que después de la muerte de mi tío, pensó en retirarse al Perú o Guayaquil pero se quedó en Cartagena con Nicasio y Gregorio y allí murió dicen que por el uso del licor cosa extraña cuando antes se abstenía enteramente de él, más quizá la falta de guía o director y el pesar de no haber podido fomentar el legado que recibió en premio de sus servicios (1), ocasionó su pesar y el que se entregase a un vicio.”(2)


(1) Respecto a este comentario de Fernando Bolívar, citaremos lo que dice el artículo nº 8, del testamento dictado por el Libertador Simón Bolívar, el 10 de diciembre de 1830 en Santa Marta (Colombia), siete días antes de su muerte. Dicho artículo dice lo siguiente: "Es mi voluntad que de mis bienes se den a mi fiel mayordomo José Palacios ocho mil pesos en remuneración a sus constantes servicios." (2) Tomado del Boletín de la Academia Nacional de la Historia nº 100, Caracas, pp. 307-308. Investigación y textos de José Peña, Caracas-Venezuela, 2015.

Enlaces externosEditar