Diferencia entre revisiones de «Emilio Mitre (ingeniero)»

 
En noviembre de 1896 se ocupó en la Cámara de la navegación del Riachuelo, apoyando un proyecto de construcción de esclusas que aseguraran un nivel regular de aguas. Como en ocasiones semejantes, su estudio serio y metódico del problema reveló su contracción a los asuntos públicos, y acaso por eso quiso contar Roca con su colaboración al organizar el gabinete que debía acompañarlo en su segunda presidencia. Una vez más desechó Emilio Mitre los cargos ejecutivos y prefirió atenerse a su labor periodística y par-lamentaria sin contraer responsabilidades de gobierno, que acaso no pudiera compartir con plena tranquilidad de ánimo. Su posición se puso de manifiesto en el memorable debate de octubre de 1899, en el que Emilio Mitre enfrentó al gobierno al tratarse el proyecto de conversión de la emisión fiduciaria presentado por el ministro Rosa. Una documentación acabada sirvió de base a los discursos que pronunció durante dos sesiones consecutivas, en los que se señalaba la preocupación por la abultada deuda pública, por el cariz que tomaban las inversiones extranjeras y por las consecuencias que acarrearía al país una política monetaria a su juicio improvisada y peligrosa. Empero, fue en otro terreno donde alcanzó Emilio Mitre poco después la plenitud de su ascendiente en la vida pública de la Nación. El pleito de límites con Chile había conmovido la conciencia nacional y, a fines de siglo, parecía inminente la guerra. Pactado el arbitraje en 1898, Inglaterra comenzó a cumplir la misión que le asignaron los litigantes, y el coronel Holdich empezó a principios de 1902 a determinar la línea fronteriza sobre el terreno. Ahora la paz parecía estar a un paso, y con ella la esperanza de poder desmovilizar al país; y, sin embargo, abundaban los que creían en la guerra y aun los que parecían desearla. Se decía que el arbitraje no pondría fin a la tensión internacional, y que la política chilena frente a sus vecinos del Pacífico comprometía de manera directa la posición argentina, hasta el punto de que no podría nuestro país desentenderse del problema. Quienes sostenían este punto de vista exigían el mantenimiento de la movilización militar y no faltaba quien insinuara proyectos de futuros repartos territoriales. En ese instante Emilio Mitre creyó necesario establecer con claridad los principios de la política exterior argentina y preparó un meditado editorial para ser publica-do en La Nación, en el que sostenía la tesis de que el problema del Pacífico nos era ajeno y que era imprescindible dar por concluido el conflicto con Chile en el momento en que el árbitro inglés estableciera los límites cordilleranos. Leído y aprobado por su padre, el editorial se publicó el 9 de abril de 1902, con el título El día siguiente del fallo. Era la prosa periodística de Emilio Mitre precisa y categórica, como su oratoria parlamentaria. El planteo honesto y realista a un tiempo del problema, la argumentación sólida y el tono convencido y convincente dieron a aquellas páginas tal vigor que la opinión pública, como galvanizada, rechazó unánimemente la actitud belicista. El país tomó nota ese día de la presencia de este mentor sereno y responsable, para quien la razón constituía el mejor instrumento de la acción política.
 
Aunque vigiladas por la razón, vibraban, sin embargo, en su espíritu las pasiones, y la pasión política entre todas, que no era en él ambición de poder, sino como un entusiasmo fervoroso por el destino de la colectividad. Como en 1890, la indignación se apoderó de su espíritu otra vez al contemplar el espectáculo de la usurpación de la voluntad ciudadana, que se preparaba en los círculos áulicos de Roca al expirar su segunda presidencia. Los nombres de los candidatos para sucederle se discutían en juntas de notables, sopesándose las influencias y auscultando la voluntad del presidente de la República, mientras la opinión pública se mantenía ajena e insensible al despojo. Para Emilio Mitre el sistema era la negación del régimen republicano, y acaso por eso quiso que se llamara «republicano» el partido político que constituyó en 1902 para combatir a un tiempo las candidaturas oficiales y la indiferencia ciudadana. El Partido Republicano nació de la división que hubo en la [[Unión Cívica Nacional]] con miras a las elecciones presidenciales de 1904. Algunos miembros del partido como [[Manuel Quintana]] (que luego sería elegido por Roca como candidato a presidente) y [[Antonio Bermejo]] buscaban continuar el pacto que había entre mitristas y el Partido Autonomista Nacional, mientras que la fracción que encabezaba Emilio Mitre junto a otros dirigentes como [[Guillermo Udaondo]], [[Juan Carballido]], [[Emilio Frers]], [[Norberto Piñero]] etc, y miembros que provenían de otros partidos como el caso de los ex radicales [[Lisandro de la Torre]] y [[Juan Mamerto Garro]] buscaban la implementación del sufragio libre y la purificación de la democracia. [[José Evaristo Uriburu]] y [[Guillermo Udaondo]] fueron los hombres que propuso al país el Partido Republicano para las elecciones de 1904. «Hace un año —decía Emilio Mitre al despedir a los convencionales que los habían elegido— apelamos a la opinión pública para que se congregara en torno a nuestra bandera de principios y se lanzara a la recuperación de los derechos cívicos. Ese día levantamos como tema el imperio del sufragio libre y protestamos virilmente contra el régimen de absorción oficialista que tenía cristalizada la vida pública de la Nación y anuladas sus energías». Con esa bandera fue a la lucha el nuevo partido, y, como era previsible, los resultados contrariaron las aspiraciones renovadoras. Pero el paso estaba dado y serviría para llamar la atención de los que, dentro del régimen, comenzaban, como [[Carlos Pellegrini]] y [[Roque Sáenz Peña]], a comprender que era necesario purificar la democracia.
 
Vencido, siguió combatiendo por los principios. Luchó con sostenida tenacidad para que el país desarrollara su riqueza, porque estaba persuadido de que la transformación social que habría de operar traería consigo el perfeccionamiento político. Pero no quiso ceder un paso en el terreno de los principios, porque sabía que constituyen el único freno capaz de contener las pasiones y los excesos, las declinaciones peligrosas del espíritu ciudadano y las aventuras irresponsables de la política. «La más grave, la más urgente de las cuestiones que tenemos entre manos, la que debe primar sobre todas las otras, bien se trate de obras públicas, de legislación o de tanta reforma que está reclamando el país», así definió Emilio Mitre en su discurso en la Cámara de Diputados la defensa de los privilegios parlamentarios, atropellados por el presidente [[José Figueroa Alcorta]] al clausurar el Congreso con la fuerza pública en enero de 1908. Seguro de sus opiniones —»nunca he intervenido en un debate público con un juicio más seguro», decía—, reclamó la enérgica reacción de la Cámara contra la extralimitación del Poder Ejecutivo, porque veía en ella la última expresión de la funesta tendencia a la concentración del poder, negación del principio republicano.