Quema de libros en Chile

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Las quemas de libros en Chile fueron perpetradas por la junta militar dirigida por el general Augusto Pinochet como consecuencia del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Los militares quemaron los libros considerados como subversivos, en particular la literatura socialista y la que iba en contra de la ideología de la junta.[1]​ Esto formaba parte de una campaña de «extirpación del cáncer marxista».[2]

Quema de libros durante el allanamiento a la Remodelación San Borja en Santiago el 23 de septiembre de 1973, posterior al golpe de Estado.

Contexto y hechos editar

La dictadura militar chilena necesitaba acabar con uno de los principales ejes emblemáticos del gobierno de la UP que era el fortalecimiento de las clases más populares a través de programas de educación en los que se entendía que el libro, la lectura y las bibliotecas tenían considerable capacidad de impacto: la lectura, tiene la potencia de modificar en lo profundo el modo en que pensamos la realidad. A partir de la década del 1960, se instalan en América Latina las primeras universidades y centros de estudios como la Cepal, la UNESCO, la CLACSO, etc. Lo que provocó el desarrollo de una mirada crítica latinoamericana, consolidada a través de una postura anticolonialista, que tomaría el nombre de Teoría de la dependencia, la que surge como respuesta a la subordinación y explotación extranjera: los países del norte global se desarrollan más, mientras que los países subdesarrollados perpetúan su condición de subordinados y dependientes del imperialismo económico y cultural[3]​.

El libro tenía una presencia importante en el Chile de los años 30 y 50, cuando quedan atrás las imprentas Cervantes y Barcelona y surgen las editoriales Zigzag y Ercilla. La Nascimento en Concepción, editorial Universitaria (1943), Del Pacifico (1944) y Colegio y Rapanui, Casa Puga y La editorial Hispanoamericana, la Editorial Difusión (del partido conservador), La Editorial Pacífico (de la Falange nacional). Antares, Austral, Vida Nueva (del PC), Prensa Latinoamericana (del PS) y Babel de corte anarquista y trotskista; por nombrar algunas.  

El programa de la unidad popular promueve una cultura nueva, que surgiría de la organización de las masas para ejercer su derecho a la cultura, promovida a través de un Sistema Nacional y de una extensa red de Centros Locales de Cultura Popular.

La Editorial Quimantú surge en un contexto en que el libro tenía un lugar privilegiado en el imaginario social. Y así lo demuestran iniciativas como la del propio Allende de crear una editorial estatal ya en el año 67. Por otro lado, la SECH también instala temas vinculados a la promoción del libro y la lectura; y los derechos sociales de escritores y escritoras nacionales, entre otros temas de interés.  

Quimantú que se traduce como sol para todos, y contenía la idea de bienestar colectivo: la posibilidad de adquirir libros a bajo costo, accediendo a lecturas con capacidad transformadora. En que la propia actividad lectora ocupaba un tiempo de ocio productivo, cálido, comunitario[4]​.  

Desde el día del Golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, la junta militar anunció a la radio las nuevas medidas culturales, bajo forma de 41 ordenanza. La no 26 declara la «ocupación y la destrucción» de las ediciones de Editora Nacional Quimantú, entonces «símbolo de la democratización a través de la culturas»;[2]​ Camilo Marks, autor de La dictadura del proletariado[5]​ explica igualmente que su clausura marcó el comienzo de la desaparición de numerosos editores, librerías, y del desmantelamiento del sistema educativo en Chile, reemplazado por un sistema perverso y excluyente donde toda expresión literaria y artística estaba considerada como subversiva.[6]

Como consecuencia del golpe, los militares emprenden caminos para detectar a potenciales opositores a la dictadura: mientras que algunos están presos, otros son ejecutados en el Estadio Nacional de Chile, sobre todo. Por otra parte, durante estos hechos, los militares recuperan y queman numerosos libros: no solo de literatura marxista, sino igualmente de la literatura sociológica general, los periódicos y las revistas.[7][2]​ Eran retirados además de las librerías y de las bibliotecas.[2]

La primera quema de libros se llevó a cabo en Santiago, en las afueras de las Torres San Borja. De allí universidades, centros de estudios, casas de militantes fueron allanadas y las quemas siguieron. En Valparaíso hubo gente que salió a las quebradas a quemar libros. Se realizaron quemas en los patios de las casas, otras personas los pegaron a la pared y los taparon con pintura. Luis Costa, impulsor de UPLATV (Universidad de Playa Ancha, Valparaíso), cuenta cómo se comió un manojo de papelillos usados para intercambiar información con sus compañeros del MIR. En esa ocasión los militares se llevaron de su estantería solo un libro titulado “Cibernética y revolución industrial” por encontrarlo sospechoso y peligroso. Meses más tarde, Luis Costa, sería recluido en el centro de tortura de Villa Grimaldi sufriendo detención ilegal y tortura.

En Valparaíso, la mayor cantidad de destrucciones de libros se refiere al periodo entre los días 14 y 21 de sep­tiembre de 1973. Entre los lugares mencionados surgen recurrentemente las que­bradas de Valparaíso, Viña del Mar, Quillota, La Calera. Los cerros Cordillera, Barón, Playa Ancha, Marina Mercante, Placeres, Yungay, Parque Ita­lia, Barrio O’Higgins, Villa Dulce de Viña del Mar, Campamento Salvador Allende de Viña del Mar, Forestal Alto. Universidad Federico Santa María, el diario La Unión de Valparaíso, la Escuela Naval, la CUT (Central Única de Trabajadores), Colegio de Quillota, librería Nueva Era, ubicada en calle Condell; Pérgola del Libro de Viña del Mar, ubicada frente a la plaza Vergara, el Campamento Camilo Torres de Viña del Mar, Biblioteca Muni­cipal de Viña del Mar, y la Universidad de Chile, Facultad de Arte y Tecnolo­gía, sede Valparaíso.

Varias quemas fueron perpetradas por la junta de la dictadura de Pinochet, y la circulación de los libros fue muy restringida hasta en julio de 1983, dejando así una década de vacío cultural en todo el país. El 28 de noviembre de 1986, las aduanas chilenas cogen 14 846 copias de la primera edición de La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile de Gabriel García Márquez en Valparaíso, bajo los órdenes de Augusto Pinochet,[8]​ Otros libros han hecho igualmente las cuotas de esta censura, cuyo libro de pruebas del candidato a la presidencia venezolana Teodoro Petkoff.

Chile no fue en ningún caso el único país donde la destrucción de libros se instaló como una práctica de eliminación de gobiernos progresistas. Estados Unidos, intimidado por la consolidación del régimen cubano, temió por una arremetida del marxismo en toda la región y actuó con toda su fuerza, instalando dictaduras militares con prácticas similares de represión, presidio, muerte, tortura, persecución.  En Brasil, Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay, existen documentos que dan cuenta de estas destrucciones durante las dictaduras militares: listados con obras censuradas, listados de libros rescatados por parte de los perseguidos políticos, libros con marcas o anotaciones que dan cuenta de su condición de "peligrosos" o censurados, publicaciones en la prensa (diario y televisión) de quemas por parte de militares a modo de "castigo ejemplificador", lo que provocó ejercicios de autocensura en toda la región.

Pinochet y la cultura editar

En 2004, el periodista chileno Juan Cristóbal Peña descubre que Augusto Pinochet ha montado secretamente una impresionante biblioteca personal de aproximadamente 50 000 libros de un valor estimado en más de 3 millones de dólares. Esta colección no contiene o tiene muy poca ficción o poesía: se trata esencialmente labores de historia, de geografía, de marxismo y de socialismo, así como un número de entidad de diccionarios y de enciclopedias, y de libros sobre Napoleón, su ídolo. Habrían sido adquiridos en las bibliotecas y librerías del centro de Santiago de Chile, sea comprándolos a libreros después de que estos los han confiscado, vía embargos, o con argucias estatales. Por otra parte, esta biblioteca secreta comprendía numerosas cajas llenas de libros no abiertas, y el periodista estima que es de todos era casi imposible que tuviese todo leído.[9]

Según el análisis del periodista en su libro La vida literaria secreta de Augusto Pinochet, Pinochet adolecía tremendamente de cultura general, contrariamente a sus opositores, y tenía conciencia de este complejo de inferioridad.

Véase también editar

Referencias editar

  1. «The books have been burning». cbc.ca (en inglés). 2011. Consultado el 8 de febrero de 2014. 
  2. a b c d «Especial BBC Mundo: la extraordinaria historia de cómo se salvaron de la hoguera miles de libros prohibidos durante los regímenes militares en Chile y Argentina». BBC News. 23 de septiembre de 2022. 
  3. Mardones, Marjorie (1 de enero de 2023). La imagen que falta: la destrucción del libro en Chile, 1973. Consultado el 13 de agosto de 2023. 
  4. Leiva, Marjorie Mardones; Pedraza, Tania de Armas (5 de agosto de 2020). «La destrucción del libro en Valparaíso, 1973». Investigación Bibliotecológica: archivonomía, bibliotecología e información 34 (84): 169-183. ISSN 2448-8321. doi:10.22201/iibi.24488321xe.2020.84.58178. Consultado el 13 de agosto de 2023. 
  5. Marks, Camilo (2001). Alfaguara, ed. La dictadura del proletariado. Chile. p. 371. ISBN 9789562391597. 
  6. «Le baril de poudre de l’imagination». monde-diplomatique.fr (en francés). 2003. Consultado el 8 de febrero de 2014. 
  7. Bosmajian, 2006, p. 174
  8. «14 846 Books by Nobel Prize Winner Burned in Chile». latimes.com (en inglés). Consultado el 23 de septiembre de 2018. 
  9. «La bibliothèque secrète de Pinochet» (en francés). Consultado el 8 de febrero de 2014. «L’ex-dictateur, qui faisait des livres un autodafé public et emprisonnait les écrivains, avait amassé plus de 50 000 volumes, selon un journaliste chilien. » 

Anexos editar

Bibliografía editar

Enlaces externos editar