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Representación de la villa medieval y fortaleza de Miranda de Ebro (1487 y 1497).

Las ciudades medievales se desarrollaron con la expansión agrícola iniciada en el siglo XII que generó prosperidad económica y favoreció los intercambios comerciales que se realizaban en núcleos urbanos ya existentes, aunque despoblados desde el fin del Imperio Romano. Estos intercambios también se llevaban a cabo en los castillos y en los monasterios del feudo, especialmente si estaban situados en alguna ruta comercial transitada o tenía puerto.[1]

A estos centros acudían los campesinos a vender sus excedentes (cereales, frutas, carne...), a la vez que compraban artículos de uso cotidiano elaborados por los artesanos (herramientas, cerámica, ropa...). Estos últimos, poco a poco, fueron estableciéndose allí, creando nuevos barrios de artesanos y mercaderes denominados burgos, por eso a los habitantes de estas nacientes ciudades se les llamaban burgueses.

La burguesía constituye una nueva clase social cuya riqueza no está ligada a la posesión de tierras pero, con el paso del tiempo, algunos de ellos se van haciendo ricos y prósperos, lo que hace que a su vez acumulen mas poder. Este hecho hace que se produzca dentro de esta clase social una división.[2]

Las ciudades medievales estaban rodeadas de altas murallas para su protección. En sus puertas se cobraban los impuestos sobre las mercancías que entraban en la ciudad. Las puertas se cerraban por la noche pero por el día permanecían abiertas.

Los edificios más destacados eran la catedral, la casa consistorial, las Iglesias y conventos, las lonjas, las hospederías, los hospitales y los palacios de algunos nobles y burgueses. La ciudad se dividía en barrios, cada uno con su propia parroquia. Disponían de un gran espacio abierto, la plaza del mercado, donde los comerciantes y campesinos instalaban sus tenderetes y en el que tenían lugar los principales acontecimientos de la ciudad: las representaciones de los artistas, las celebraciones festivas y los ajusticiamientos. El resto del espacio estaba ocupado por un enjambre de viviendas que propiciaban calles estrechas y tortuosas, tras las cuales, se encontraban pequeños huertos y corrales.

Ciudad medieval de Albarracín, España

El ambiente de las ciudades era insalubre en general, pero variaba dependiendo de cada ciudad. Algunas ciudades y villas estaban empedradas y pavimentadas, era muy común el pavimento de guijarros, unas pocas ciudades continuaron la tradición romana del opus spicatum, otras no contaban con pavimento en absoluto y las calles se encontraban totalmente embarradas. Los desperdicios se arrojaban en vertederos extramuros conocidos como vaciaderos. El sistema de alcantarillado consistía en una serie de canales, unas veces cubiertos con losas y otras al descubierto, conocidos como atarjeas que servían tanto para canalizar las aguas residuales como para drenar el agua de lluvia hacia cuerpos de agua fuera de la ciudad, como ríos. En pocas ciudades se siguieron utilizando las cloacas de origen romano. Por ellas correteaban también los animales domésticos (gallinas, cerdos, etc.) que poseían algunos habitantes. Por todo esto, las enfermedades eran frecuentes. Muchas viviendas contaban con estructuras o elementos de madera lo que sumado al uso de velas para la iluminación producía numerosos incendios.

Índice

Las Ciudades Medievales y el comercioEditar

De entre todas las ciudades de Europa occidental, la primera donde vuelve a surgir el comercio, después de la caída del imperio romano y tras paréntesis que supusieron las invasiones de hordas musulmanas en el siglo VIII, es Venecia. Son destacables las implicaciones de carácter humano. Las ciudades no se hubieran creado, no habrían pasado de aldeas compuestas por siervos dedicadas al cultivo y la ganadería para los señores de la tierra, si el comercio no hubiera florecido.[3]

El gobierno de las ciudadesEditar

Los burgueses tenían algunas aspiraciones:

  • Poder organizar ellos mismos las ciudades y su gobierno
  • Librarse del dominio de los señores feudales.
  • Tener libertad para viajar, hacer negocios y de desarrollar actividades comerciales
  • Tener propiedades, posibilidad de heredar y libertad para poder casarse con quien quisiera.

Las cartas de privilegiosEditar

Los monarcas, a los que les interesaba reducir el poder feudal, apoyaban a los burgueses por lo que les concedieron cartas de privilegio, también llamadas de franquicia o fueros, que eran unos documentos que fijaban sus libertades y los liberaban del sometimiento al señor feudal. A cambio, la ciudad pagaba unos impuestos al rey que éste utilizaba para sufragar sus luchas contra la nobleza y para aumentar sus dominios.

Véase tambiénEditar

ReferenciasEditar

  1. LE GOFF, JACQUES (1982). LA CIVILIZACIÓN DEL OCCIDENTE MEDIEVAL (en francés). Paris: 4 PAIDÓS. 
  2. «La Baja Edad Media». 
  3. Pirenne, Henri. Las Ciudades de la Edad Media. Alianza Editorial. ISBN 9788420638942.