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La adivinación no la practicaban clandestinamente, como en la actualidad, unos «videntes super-lúcidos» y otros visionarios: era una institución oficial, reconocida por los estados, que a su vez consultaban a la Pitia y mantenían a adivinos colaborando con magistrados civiles y militares. Lampón, el amigo de Pericles, que hizo de él una especie de “ministro de los cultos”, era un adivino.

La frontera entre la religión y la superstición en la Antigua Grecia a menudo era imprecisa. Ésta es la razón por al cual en el retrato del supersticioso que nos ofrecen los Caracteres de Teofrasto, hay muchos ritos religiosos, algunos de ellos exagerados hasta el absurdo.

El día de la fiesta de Coes,[1]​ tras haberse purificado las manos y rociado con agua lustral, el supersticioso sale del templo con una rama de laurel[2]​entre los dientes y se pasea así durante todo el día. Si una comadreja se atraviesa en el camino[3]​ ya no se mueve hasta que ve pasar a otra persona o hasta haber lanzado tres guijarros al camino.

Cuando descubre una serpiente en su casa, si es una serpiente de cabeza ancha invoca a Sabacio;[4]​ si es una serpiente sagrada erige al instante una capilla.
Cuando pasa por delante de esas piedras ungidas que se ven en los cruces de caminos, vierte sobre ellas todo el aceite de su frasco (lecito),[5]​ y sólo se aleja después de haberse arrodillado y prosternado (proskínesis).
Si un ratón ha roído uno de sus sacos de harina se dirige al exégeta[6]​para saber qué debe hacer y si el exegeta le responde que se lo repare el zurrador, no le hace caso y en cuanto se aleja va a ofrecer un sacrificio expiatorio .
Es un hombre que purifica su casa sin cesar manifestando que se le aparece Hécate[7]
Si en el camino ha oído el grito de una lechuza, se conmueve y no continúa andando hasta haber pronunciado la fórmula «Atenea se la lleve».
Evita caminar sobre una tumba, acercarse a un muerto o a una parturienta: tiene «sumo cuidado en no mancillarse».
Todos los días cuarto y vigésimo del mes,[8]​ después de haber ordenado a los de su casa que preparasen vino caliente, sale a comprar ramas de mirto, incienso, dulces sagrados y luego, cuando vuelve a casa, se pasa todo el día coronando las imágenes de Hermafrodito.
Cuando tiene un sueño consulta a los intérpretes de sueños (onirócrito), a los adivinos, a los augures, para que le digan a qué dios o diosa debe invocar.
Cada mes para renovar su iniciación, va a ver a los sacerdotes órficos (orfetelesta) en compañía de su mujer ( o de la nodriza si ella no está libre) y de sus hijos. Es de esas personas a las que se ve entregarse a minuciosas abluciones al borde del mar. Si ve a uno de sus hombres portadores de una corona de ajo que se encuentran en los cruces de caminos,[9]​ vuelve a su casa, se sumerge en agua de pies a cabeza, llama a las sacerdotisas y les pide que le purifiquen con una cebolla de agua o con el cadáver de un perro joven, al que dan vueltas en círculo a su alrededor.

Cuando ve a un demente o a un epiléptico le entran escalofríos y escupe en el pliegue de su vestido.

Si, al atarse el calzado, se le rompía una correa del pie derecho o del pie izquierdo era asimismo un presagio bueno o malo.[10]

Sería un error creer que todos los supersticiosos eran hombre del pueblo carentes de cultura. Un rico hombre de estado como Nicias, un escritor, discípulo de Sócrates, como Jenofonte, se rodeaban de adivinos y de cresmólogos (coleccionistas de oráculos) y practicaban ritos casi tan minuciosos como el supersticioso de Teofrasto. A causa de un eclipse de luna –gran presagio- Nicias perdió su ejército y murió a su vez de forma lamentable en Sicilia:

¿Qué dijeron los atenienses al enterarse del desastre? Conocían el valor personal de Nicias y su admirable constancia. Tampoco se les ocurrió culparle por haber seguido los dictados de la religión. Sólo le hicieron un reproche, haberse llevado a un adivino ignorante. El adivino se había equivocado sobre el presagio del eclipse de luna, pues hubiera debido saber que, para un ejército que se quiere retirar, la luna que oculta su luz es un presagio favorable.[11]

NotasEditar

  1. El día de Coes es el segundo día de las Antesterias
  2. El laurel como el agua de mar y el ajo, se consideraba que tenían virtudes purificadoras
  3. Mal presagio, como el grito de la lechuza o un objeto roído por los ratones
  4. dios extranjero de origen tracio, cuyo culto penetró en Grecia, como el de [Bendis]] a partir del siglo V a. C.;la serpiente es uno de sus atributos habituales.
  5. Se trata de betilos o piedras sagradas de Apolo Agieo, que se rodeaban de vendas de lana como el ónfalos délfico y se frotaba con aceite.
  6. El exégeta es un intérprete de las cosas divinas que en Atenas tenía categoría de magistrado.
  7. Diosa de los sortilegios mágicos y de las apariciones nocturnas.
  8. Días considerados nefastos (apofras).
  9. Existía la costumbre de ofrecer a Hécate, en los cruces de caminos, viandas que se corrompían in situ. Se trata de los hombres encargados de retirar esas basuras. El supersticioso se considera impurificado por encontrárselo.
  10. Menandro, fragmento 109.
  11. Fustel de Coulanges, La ciudad antigua, Tucídides, VII y Plutarco, ‘’Nicias, 23’’.

Enlaces externosEditar

  • PLUTARCO: Moralia, II, 14: Sobre la superstición (Περί δεισιδαιμονίας - De superstitione).
    • Texto, en el sitio del Proyecto Perseus, de la traducción inglesa corregida y editada por William W. Goodwin, y publicada en 1874; en la parte superior derecha se hallan los rótulos activos focus (para cambiar a la traducción inglesa de Frank Cole Babbitt, de 1928, y al texto griego fijado por Gregorius N. Bernardakis en 1888) y load (para cotejar las dos traducciones y para obtener el texto bilingüe).
      • William W. Goodwin (William Watson Goodwin, 1831 - 1912): clasicista estadounidense, profesor de griego de la Universidad de Harvard.
      • Gregorius N. Bernardakis (Gregorios N. Bernardakis: Γρηγόριος Ν. Βερναρδάκης; translit.: Grigorios N. Vernardakis; neolatín: Gregorius N. Bernardakis; 1848 - 1925): filólogo y paleógrafo griego.