Trienio Liberal

periodo histórico de España desde 8 de marzo de 1820 hasta 31 de agosto de 1823

Se conoce como Trienio Liberal o Trienio Constitucional al periodo decimonónico de la historia contemporánea de España que transcurre entre 1820 y 1823. Este trienio constitucional se inicia el 1 de enero de 1820 con el pronunciamiento de Riego para restablecer la Constitución de Cádiz de 1812 contra el gobierno absolutista del rey Fernando VII. El 9 de marzo de 1820, en Madrid, Fernando VII es obligado a jurar la Constitución española de 1812 y a suprimir la Inquisición española. Este periodo revolucionario desencadena una reacción realista y la ocupación de España por el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, que atraviesan los Pirineos el 7 de abril de 1823, para restaurar el gobierno absolutista. El Trienio termina el 1 de octubre de 1823, cuando el rey Fernando VII disuelve las Cortes españolas y anula la legislación del Trienio.

Documento donde consta el juramento a la Constitución de Cádiz de Fernando VII.
Bandera de la Milicia Nacional de Zaragoza (1820-1843)

Se enmarca en el convulso contexto de pugna entre liberalismo y absolutismo característico de la España de principios del siglo XIX. Corresponde cronológicamente al periodo europeo de revoluciones de 1820. Se trata de la etapa intermedia de las tres en que se divide convencionalmente el reinado de Fernando VII, siendo posterior al Sexenio Absolutista (1814 -1820) y anterior a la Década Ominosa (1823 -1833).

AntecedentesEditar

Tras la vuelta de su cautiverio en Francia, el rey Fernando VII abolió en mayo de 1814 la Constitución de 1812 aprobada por las Cortes de Cádiz y restauró la monarquía absoluta. Los liberales, defensores de la monarquía constitucional, fueron encarcelados, desterrados o se exiliaron.[1]​ Durante los seis años siguientes (sexenio absolutista) el rey y sus ministros no consiguieron resolver la crisis del Antiguo Régimen iniciada en 1808 y que la que sería conocida como la Guerra de la Independencia (1808-1814) había agravado notablemente. El conflicto había destruido los resortes principales de la economía y el comercio con América había caído coma consecuencia del proceso de emancipación de las colonias. El resultado fue una brutal depresión económica que se manifestó en una caída de los precios (deflación). Como consecuencia de todo ello la Hacienda de la Monarquía quebró: los caudales de América ya no llegaban (con la consiguiente caída además de los ingresos de aduanas) y no se podía recurrir a la emisión de más vales reales, pues éstos estaban completamente depreciados al haberse acumulado muchas demoras en los pagos de los intereses anuales.[2]​ Hubo un intento de reforma de la Hacienda, llevada a cabo por Martín de Garay, pero no prosperó por la oposición de los dos estamentos privilegiados, nobleza y clero, y también del campesinado (que rechazó el impuesto porque suponía un aumento de los cargas que ya soportaba en un momento en que «los precios de las productos agrícolas comenzaban a desmoronarse»).[3]

Ante la incapacidad de los ministros de Fernando VII de resolver la crisis,[4]​ los liberales (que formaron "sociedades secretas", como la masonería) intentaron restablecer la Monarquía Constitucional mediante el recurso a los pronunciamientos. Se trataba de buscar apoyos entre los militares "constitucionalistas" (o simplemente descontentos con la situación) para que éstos alzaran en armas a algún regimiento cuyo levantamiento provocara la sublevación de otras unidades militares y obligar así al rey a reconocer y jurar la Constitución de 1812.[5]

Entre 1814 y 1820 se produjeron seis pronunciamientos (los 5 primeros fracasaron) hasta que el último (el de Riego) triunfó. El primero se produjo en Navarra en septiembre de 1814 y estuvo encabezado por el héroe de la guerrilla Francisco Espoz y Mina, que al no conseguir tomar Pamplona huyó a Francia. El segundo tuvo lugar en La Coruña en septiembre de 1815 y lo encabezó otro héroe de la guerra, el general Juan Díaz Porlier, que fue sentenciado a muerte y ahorcado. En febrero de 1815 fue descubierta la preparación de un pronunciamiento (conocido como "La conspiración del Triángulo") encabezado por un antiguo militar de la guerrilla, Vicente Richart, que fue condenado a muerte y ejecutado en la horca, junto con su compañero Baltasar Gutiérrez. En abril de 1817 tenía lugar en Barcelona el cuarto intento (esta vez con una amplia participación burguesa y popular) encabezado por el prestigioso general Luis Lacy, que fue juzgado y ejecutado. El 1 de enero de 1819 se produjo el quinto pronunciamiento, esta vez en Valencia, encabezado por el coronel Joaquín Vidal, y que terminó con la ejecución en la horca de éste y de otros doce implicados no militares, entre los que se encontraban los conocidos burgueses de la ciudad Félix Bertrán de Lis y Diego María Calatrava.[1][6]

El pronunciamiento de Riego y el restablecimiento de la Constitución de 1812Editar

 
Plaza de la Constitución de Las Cabezas de San Juan, con el Ayuntamiento al fondo. Fue el lugar donde inició el teniente coronel Rafael del Riego su pronunciamiento.

El 1 de enero de 1820 el teniente coronel Rafael del Riego sublevó al 2º batallón del Regimiento de Asturias que se encontraba acantonado en Las Cabezas de San Juan a la espera de ser embarcado a América como parte del ejército expedicionario encargado de sofocar las sublevaciones en las colonias. Riego les lanzó a los oficiales y a los soldados bajo su mando la siguiente arenga a favor de la Constitución de 1812 —Riego se pronunció, de ahí el término «pronunciamiento» que nació entonces—:[7]

España está viviendo a merced de un poder arbitrario y absoluto, ejercido sin el menor respeto a las leyes fundamentales de la nación. El rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución; la Constitución, pacto entre el monarca y el pueblo, cimiento y encarnación de toda nación moderna. La Constitución española, justa y liberal, ha sido elaborada en Cádiz entre sangre y sufrimiento. Mas el rey no la ha jurado y es necesario, para que España se salve, que el rey jure y respete la Constitución de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y deberes de los españoles, de todos los españoles, desde el Rey al último labrador. [...] Sí, sí, soldados, la Constitución. ¡Viva la Constitución!
 
Mapa del pronunciamiento de Riego. La línea negra muestra el recorrido que hicieron las tropas sublevadas desde Las Cabezas de San Juan. Aparecen también las ciudades cuyas guarniciones se fueron sumando al pronunciamiento.

Tras haber fracasado en la toma de Cádiz, las tropas sublevadas por Riego iniciaron el 27 de enero una difícil y larga marcha por Andalucía, proclamando la Constitución de 1812 y deponiendo a las autoridades absolutistas en las localidades que atravesaban. No encontraron mucha resistencia, pero no tuvieron noticias de otras guarniciones que se hubieran sumado a la sublevación. Para mantener alta la moral uno de los oficiales, el futuro general Evaristo Fernández de San Miguel, compuso un himno patriótico que pronto sería conocido como el Himno de Riego (que ciento once años después se convertiría en el himno oficial de España durante la Segunda República). El estribillo decía:[7]

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
juremos por ella
vencer o morir.

Estuvieron deambulando por Andalucía durante casi dos meses y cuando el 11 de marzo ya se dirigían a Portugal dando la causa por perdida —la columna de Riego había quedado reducida a unos cincuenta hombres— recibieron la noticia de que el rey Fernando VII dos días antes había aceptado restablecer la Constitución después de que el gobierno absolutista hubiera sido incapaz de sofocar las sublevaciones de varias guarniciones de la periferia que habían seguido el ejemplo de Riego.[8]

En efecto, Fernando VII había dicho en un real decreto promulgado el 7 de marzo: «siendo la voluntad del pueblo, me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias en el año 1812».[9][10]​ Como ha destacado Emilio La Parra López, «volvían aquella Constitución y aquellas Cortes que el 4 de mayo de 1814 había ordenado el rey quitar de en medio del tiempo. También retornaba el lenguaje de la revolución. Fernando VII justificaba la jura de la Constitución porque ésa era "la voluntad del pueblo"».[11]​ Uno de los motivos que finalmente le llevó al rey a dar ese paso había sido saber que —según le informó el general Ballesteros, recién nombrado jefe del Ejército del Centro— las tropas de Madrid e incluso la Guardia Real estaban a favor de la Constitución.[12]

El 8 de marzo eran puestos en libertad todos los presos por opiniones políticas y se permitía la vuelta de todos los desterrados y exiliados por el mismo motivo, y al día siguiente, 9 de marzo, el rey ordenaba la reposición del Ayuntamiento constitucional destituido en 1814 y sus miembros, más seis comisionados nombrados por los ciudadanos madrileños, se presentaban en el Palacio Real. Allí Fernando VII juró por primera vez la Constitución (el juramento formal tendría lugar en julio ante las Cortes recién elegidas, como establecía la Constitución) y ese mismo día abolió la Inquisición y nombró una Junta Provisional, en sustitución del Gobierno, presidida por el cardenal Borbón, que ya encabezó la regencia constitucional en 1814.[13][14]

El 10 de marzo el rey hacía público un manifiesto en el que anunciaba que había jurado la Constitución, de la que sería «siempre su más firme apoyo». El manifiesto terminaba con un párrafo que se haría célebre (porque Fernando VII incumplió la promesa que aparecía en él y «casi al día siguiente de jurar la Constitución comenzó a actuar para derribarla»):[15][16]

Me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se restableciese aquella Constitución que entre el estruendo de armas hostiles fue promulgada en Cádiz el año de 1812, al propio tiempo que con asombro del mundo combatíais por la libertad de la patria. He oído vuestros votos, y cual tierno Padre he condescendido a lo que mis hijos reputan conducente a su felicidad. He jurado la Constitución por la cual suspirabais, y seré siempre su más firme apoyo. [..] Marchemos francamente, y YO EL PRIMERO, POR LA SENDA CONSTITUCIONAL; y mostrando a la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras Naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre Español, al mismo tiempo que labramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria.

Vida política del TrienioEditar

 
Moneda española de 1823 en la que a Fernando VII se le llama rey "por la Gracia de Dios y la Constitución."
 
Bandera regalada por el diputado Diego Muñoz-Torrero a la Milicia de Cabeza del Buey, su pueblo natal.

El país se vio envuelto en un largo periodo de inestabilidad política causada por la latente desafección del monarca al régimen constitucional y por los conflictos causados por la rivalidad entre liberales doceañistas o moderados, partidarios del equilibrio de poderes entre Cortes y Rey previsto en la Constitución de 1812; y veintenos, veinteañistas o exaltados, partidarios de redactar una nueva constitución (que sería de 1820) que dejara clara la sumisión del ejecutivo al legislativo, y del rey a la soberanía nacional, además de propugnar una apertura mayor de las libertades y reformas sociales (algunos de ellos, minoritarios, eran declaradamente republicanos).

Los gobiernos iniciales fueron formados por los moderados (Evaristo Pérez de Castro, Eusebio Bardají Azara, el marqués de Santa Cruz y Francisco Martínez de la Rosa). En el gobierno de Eusebio Bardají fue designado Ramón Olaguer Feliú, para ejercer la Secretaría de la Gobernación de la Península constituyéndose en el verdadero hombre fuerte del gabinete liberal, tal fue su influencia que el segundo gobierno constitucional es conocido como el ministerio Bardají-Feliú. Tras las segundas elecciones, que tuvieron lugar en marzo de 1822, las nuevas Cortes, presididas por Riego, estaban claramente dominadas por los exaltados. En julio de ese mismo año, se produce una maniobra del rey para reconducir la situación política a su favor mediante un golpe de estado, utilizando el descontento de un cuerpo militar afín (sublevación de la Guardia Real), que es neutralizado por la Milicia Nacional en un enfrentamiento en la Plaza Mayor de Madrid (7 de julio de 1822). Se forma entonces un gobierno exaltado encabezado por Evaristo Fernández de San Miguel (6 de agosto).

Las disensiones se manifestaban en todos los ámbitos: las Cortes, la prensa y los enfrentamientos entre las sociedades secretas: la logia del Gran Oriente (liberal moderada), la Sociedad del anillo (moderada) y la Sociedad de los Caballeros Comuneros (liberal exaltada); la Comunería se escindió al principio de 1823 en dos sociedades independientes, una moderada y otra extremista vinculada a la rama española de la Carbonería. Todas las sectas anteriores pertenecían al ámbito de la masonería internacional —principalmente de orígenes inglés y francés—, aunque la última intentó nacionalizar sus ritos. Los enfrentamientos intestinos también eran atizados por el propio monarca, que al mismo tiempo negociaba en secreto con la Santa Alianza la invasión de España, y aprovechaba el descontento de algunas unidades militares afines (como la Guardia Real) y la formación en algunas zonas de guerrillas absolutistas (primera forma del carlismo posterior), formadas por campesinos descontentos por la revolución liberal, que más que beneficiarlos los había perjudicado, y veían con añoranza el Antiguo Régimen (la ineficacia y timidez de las pocas reformas que se emprendieron, como el medio diezmo, no compensaban la frustración por la política de reconocimiento de la propiedad de los señoríos). La quiebra de la Hacienda, que negoció además un empréstito ruinoso, imposibilitó más todavía la efectiva realización de una revolución liberal profunda en la sociedad española, que por otro lado nunca hubiera aceptado cambios políticos drásticos debido a sus profundas convicciones religiosas y tradicionalistas.

El final del TrienioEditar

 
Iglesia del Antiguo Convento de San Hermenegildo de Sevilla, donde se reunieron las Cortes durante casi dos meses en 1823.[17]

Tras un difícil mandato lleno de sublevaciones absolutistas, en 1823 Francia decide acudir en ayuda de la monarquía española. Fruto de esa ayuda es el envío de los «Cien Mil Hijos de San Luis» (75 000 hombres del ejército francés, bajo el mando de Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema), el mes de abril de 1823. Tras atravesar los Pirineos los Cien Mil no encontraron una efectiva oposición (en parte por la bienquerencia del mismo clero que se había opuesto a los franceses en 1808), y acorralaron a las fuerzas liberales, que retrocedieron primero hasta Sevilla y luego hasta Cádiz junto con el gobierno y el propio rey, que en la práctica era su rehén.

Durante muchos años la historiografía española defendió que esta intervención fue ordenada por la Santa Alianza durante el Congreso de Verona, mediante un supuesto tratado de Verona. Solamente en 2011 publicó un artículo la historiadora Rosario de la Torre del Río reconociendo el error,[18]​ aunque otros historiadores traducidos al español advirtieron ya antes y rotundamente sobre su falsedad.[19]​ Fuera de España la falsedad del tratado de Verona se daba por segura desde que se demostró en 1935 que era una invención periodística.[20]

La reposición en el poder real de Fernando VII abrió la etapa llamada Década Ominosa (1823-1833) en que el «Deseado» restauró el absolutismo. Casi toda la intelectualidad del país tuvo que exiliarse —los llamados «emigrados»—, a Londres principalmente, agrupándose en el barrio de Somerstown y subsistiendo de forma precaria en algunos casos, con el menguado subsidio inglés que concedía a algunos por haber luchado contra Napoleón durante la Guerra de Independencia. Los que quedaron tuvieron que sufrir un proceso de depuración o fueron ajusticiados o marginados.

Rafael de Riego derrotado en la llamada "batalla de Jódar" el 14 de septiembre, murió ahorcado el 7 de noviembre de 1823 en la Plaza de la Cebada de Madrid.

LegadoEditar

Si bien el Trienio Liberal fue de corta duración,[21]​ así también lo fue el gobierno de Fernando VII quien más que ser recordado como un monarca compasivo y paternal —como él mismo se definía—, se convirtió en uno de los últimos monarcas absolutos. Además, el Trienio dio casi por terminada la Aventura Americana de España, solamente conservando las islas de Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y Guam. Los nuevos países se organizarían como repúblicas siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, salvo el paréntesis del Primer Imperio Mexicano proclamado por Agustín de Iturbide que fracasó en 1823 siguiéndole la República Mexicana. (Al margen queda el caso de Brasil, país que se independizó de Portugal, por ser parte de un complejo proceso monárquico llevado a cabo por Dom Pedro Primero y su hijo Dom Pedro Segundo, monarcas lusitanos emigrados a América por la Guerra Peninsular).

Cabe señalar que los pocos países de Iberoamérica que permanecían dentro del Imperio español (México entre ellos) se independiza precisamente por su resistencia a adoptar las ideas liberales que ya tenían gran impulso en su vecino al norte, los Estados Unidos de América. Posteriormente, los masones y otros grupos de simpatías liberales arrebatarían el control a estos grupos conservadores, tanto en México (con Benito Juárez) y en Colombia (con Tomás Cipriano de Mosquera), reviviendo la lucha del Trienio Liberal en la península ibérica cuarenta años después.

La actividad propagandística de los constitucionales durante el trienio contribuyó a la difusión de la cultura política del liberalismo, impidiendo la plena restauración de la monarquía absoluta del Antiguo Régimen. Por ello se puede afirmar que después del trienio liberal ya nada fue igual en la política española.

ReferenciasEditar

  1. a b Ramos Santana, 2020, p. 76.
  2. Fontana, 1979, p. 26-30; 116-124.
  3. Fontana, 1979, p. 27-28.
  4. Fontana, 1979, p. 26. "Lo que se les encomendaba era una tarea imposible: mantener en funcionamiento un sistema político inviable"
  5. Ramos Santana, 2020, p. 76-77. "Los pronunciamientos fueron encabezados por militares, hombres que participaron en la Guerra de la Independencia, ganando prestigio y subiendo en el escalafón, militares que se sintieron inmersos en la corriente de cambio político surgido durante la contienda, a la sombra de la labor de las Cortes en Cádiz. [...] La defensa de la soberanía y la libertad implicaba un cambio de mentalidad fundamental, desde el momento en que los militares que protagonizaron o participaron en los pronunciamientos, comenzaron a sentirse soldados de la nación, miembros del ejército nacional y no de la milicia real"
  6. Fontana, 1979, p. 125-134.
  7. a b Ramos Santana, 2020, p. 79.
  8. Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; no se ha definido el contenido de las referencias llamadas fuentes
  9. La Parra López, 2018, p. 376-377; 379.
  10. Buldain Jaca, 1998, p. 10-11.
  11. La Parra López, 2018, p. 379.
  12. La Parra López, 2018, p. 377.
  13. La Parra López, 2018, p. 377-378.
  14. Fontana, 1979, p. 137-138.
  15. La Parra López, 2018, p. 378-379.
  16. Fontana, 1979, p. 138.
  17. «Historia del Parlamento de Andalucía». Parlamento de Andalucía. Consultado el 8 de junio de 2022. 
  18. De la Torre del Río, Rosario (2011). «El falso tratado secreto de Verona». En Universidad Complutense, ed. Revista de Historia Contemporánea. Consultado el 23 de diciembre de 2011. 
  19. Schmieder, Ulrike (1998). Prusia y el Congreso de Verona. Estudio acerca de la política de la Santa Alianza en la cuestión española. Madrid: Ediciones del Orto. 
  20. Schellenberg, T. R., “The Secret Treaty of Verona: A Newspaper Forgery”, en The Journal of Modern History, Vol. 7, No. 3 (Sep. 1935), pp. 280-291.
  21. De Haro Romero, Dionisio (29 de febrero de 2020). «El Legado del Trienio Liberal». La Razón, Tribuna, p. 29. 

BibliografíaEditar

Enlaces externosEditar


Predecesor:
Sexenio absolutista
 
Periodos de la Historia de España

Trienio Liberal
Sucesor:
Década ominosa